España - Galicia

Dirigir el silencio

Alfredo López-Vivié Palencia

viernes, 20 de noviembre de 2020
Santiago de Compostela, jueves, 12 de noviembre de 2020. Auditorio de Galicia. James Dahlgren, violín; Laurent Blateau, flauta. Real Filharmonía de Galicia. Marzena Diakun, directora. Claude Debussy (orq. T. Finno): Sinfonía en Si menor; Sofia Gubaidulina: Impromptu; Albert Roussel: El festín de la araña, op. 17
Marzena Diakun © 2020 by Łukasz Giza

Me llama la atención el hecho de que todas las mujeres que acceden a la dirección de orquesta usen batuta, sobre todo cuando entre los varones cada vez se lleva menos. Si dijera que eso se debe a la tardía equiparación en los empleos, y que blandir el palito es un símbolo de poder que les iguala a los hombres, me llamarían machista (y con razón). Desde luego la batuta representa la autoridad, porque mientras existan las orquestas tal y como las conocemos habrá alguien que mande. Pero prefiero pensar que la batuta ayuda –casi obliga- a la claridad en el gesto, y en consecuencia contribuye a la claridad en el sonido resultante.

Así es, sin duda, en el caso de la directora polaca Marzena Diakun (Koszalin, 1981). La autoridad quedó manifiesta en cuanto puso pie en el escenario, caminando con paso firme y saltando a la tarima; una vez ahí arriba, el gesto de la batuta se tradujo en claridad sonora, la expresividad de su mano izquierda supo dar con los mil matices de las obras en cartel, y –esto no está al alcance de todos- supo emplear ambas manos para integrar los silencios en el discurso: parecía que las pausas entre movimientos y números también tenían reservados sus compases en las respectivas partituras, porque en ellas Diakun no dejó de mover su batuta y su mano izquierda para conseguir transiciones calladas y a la vez mágicas, midiendo con la respiración lo que debía durar cada silencio. Musicalidad de la mejor, incluso cuando no ha de sonar nada.

Hay muchos silencios en el Impromptu de Sofia Gubaidulina, escrito para violín, flauta y pequeña orquesta de cuerdas (6/5/4/3/2) en 1996 para contribuir al bicentenario de Franz Schubert que se conmemoraba al año siguiente. El primer silencio viene justo después de que la flauta arranque la obra con un recuerdo explícito al Impromptu en La bemol mayor del compositor vienés; recuerdo que aparece varias veces en la pieza, dándole así una forma de rondó. Y silencios que igualmente se repiten, cada vez más inquietantes. En un lenguaje sin concesiones –aunque con cierto abuso del contraste de las tesituras extremas en la orquesta- Gubaidulina no se lo pone fácil a la flauta (que ha de alternar el instrumento ordinario con una flauta bajo), y sobre todo hace sudar al violín solista; pero James Dahlgren y Laurent Blateau –primeros atriles de la Real Filharmonía- salieron más que airosos del trance. A la orquesta se lo pone algo más fácil, porque Gubaidulina siempre escribe con una caligrafía sonora muy clara, algo que Diakun puso felizmente de manifiesto.

Antes vino una de esas curiosidades que con suerte se escuchan en vivo una vez en la vida: la Sinfonía en Si menor de Claude Debussy. Debussy empezó a escribir una sinfonía a los 18 años –qué otra cosa iba a hacer si no a esa edad-, aunque se quedó en el primer movimiento; después la redujo a dúo de pianos, y finalmente la guardó en un cajón. Hasta que el compositor y arreglista norteamericano Tony Finno la rescató y la orquestó; y como ese movimiento tiene tres secciones, pues se presenta como sinfonía en tres movimientos, aunque en total no pase de los once minutos. Seguramente Debussy renegaría de ello, pero a mí la cosa me sonó más que agradable, discretamente colorista, y desde luego muy bien orquestada en términos tímbricos (si a Finno le han contratado artistas como Liza Minelli o Tony Bennet, y empresas como Coca-Cola o Mercedes Benz, es que algo sabe de su oficio). Diakun y la Real Filharmonía se lo pasaron –y nos lo hicieron pasar- estupendamente.

Como muchos insectos, la araña es un animal silencioso. Con la particularidad de que ese silencio se hace elegante y transparente cuando teje su tela. Y justamente eso es lo que transmite El festín de la araña, seguramente la obra más popular de Albert Roussel, gracias a que se trata de la suite de un ballet y a que el título de la pieza es más que sugerente (aunque sus sinfonías, que son mil veces mejores, siguen inexplicablemente olvidadas en los programas de las orquestas). Diakun se encargó de transformar en sonidos aquella elegancia y aquella transparencia –por supuesto, tejiendo su propia tela en los silencios entre los diferentes números para no perder el hilo-, logrando de sus músicos ese ambiente etéreo que le da a la pieza su carácter irresistiblemente seductor.

“Arañas y otros insectos” rezaba el programa de mano del concierto. Hubo que llegar al final de la función para comprender su significado íntegro: sólo había sesenta manos del público para aplaudir, pero con toda justicia también había un ciempiés (cincuenta músicos) para patalear, unas y otros expresando el deseo de que Marzena Diakun vuelva pronto.

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