Si en la última reseña correspondiente al concierto de la Orquesta de Córdoba señalaba como infrecuente la larga y fuerte ovación que recibió el director musical al final del concierto, en aquella ocasión el inglés Howard Griffiths, he de reiterar nuevamente la misma observación en esta penúltima cita de la temporada de abono; sólo que por ello se me antoja algo menos extraordinaria. Esta vez obró el milagro la directora titular de la orquesta, Gloria Isabel Ramos, que parece haber consolidado su empatía con los melómanos cordobeses tras ésta su primer curso al frente de la orquesta de la ciudad. Está claro que los varios brava que recibió al final de un fantástico concierto iban obviamente dirigidos hacia ella, pues aquí la alabanza o piropo no era el aséptico y neutro “bravo” sino que evidenciaba de manera clara su destinataria. Por…
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