Al concierto de Beethoven sabía que podía ir con cualquier acompañante. Pero dudé mucho antes de decidir con quién iría a escuchar música eslava. Tenía que ser alguien con el alma dispuesta al heroísmo, con facilidad para el movimiento y la acción, pero también con un tono crepuscular. Tenía que ser alguien en quién el intelecto y la pasión establecieran una dialéctica constante. Pero ¿quién? ¿Quién?Al final encontré a la persona, y fuimos juntos al Palau, a escuchar a Cabalevsqui, Jachaturián, Shostácovtch.No necesité explicarle demasiadas cosas. De vez en cuando, suave al oído, le dejaba caer algún sintagma: gemido del oboe, lamentación del clarinete, para que se concentrara entonces en aquellas pequeñas notas por encima del grupo orquestal. Pero el propio argumento de las obras nos elevaba a los dos por encima de la concentración. Por…
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