Tras dos temporadas especialmente complicadas, marcadas por la pandemia del coronavirus y por un transitorio cambio de sede, regresa la Orquesta Sinfónica de Galicia a ese mal menor (en comparación con el Coliseum de A Coruña) que es el Palacio de la Ópera: sala de nefasta acústica que desde su nacimiento ha limitado el desarrollo técnico y artístico de la propia OSG, como han señalado algunos de los directores que con la formación herculina han trabajado a lo largo de las tres décadas que esta temporada cumple la orquesta.
Lastrada, en buena medida, por tal hecho, complejo tiene la OSG —como me recordaba hace unos días nuestro editor, Xoán M. Carreira— el abordar repertorios especialmente delicados en cuanto a conformación del sonido orquestal, con las limitaciones que para la escucha entre los propios músicos (así como por buena parte…
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