No estoy dentro y ni siquiera tengo contactos allí, por lo tanto ignoro cómo ha sido y es la cotidianidad de la Orquesta de Valencia. Sólo puedo deducir de lo escuchado al final de la temporada anterior que la formación entonces llegó con tres heridas: la de la pandemia, la del cierre por obras (y puñaladas traperas) de su sede y la de la relación con su anterior director titular.
El confinamiento supuso la ruptura de las costumbres y con ella el riesgo extremo de desvinculación de la orquesta con la ciudad. Los lazos no me los imagino fuertes. Establecidos con un público tardoadulto y quién sabe si con aspiraciones de figureo, son susceptibles de aflojarse con facilidad (si no existe un estudio sociológico sobre quién y por qué acude a las salas de conciertos de nuestra capital, rogaría que se realizara). Vamos, que no estamos como para…
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