Absorbida por Internet, la sociedad contemporánea, o mejor dicho, actual -porque el término contemporáneo admite varios campos semánticos-, es una sociedad en parte aislada, solitaria, y por qué no decirlo, profundamente misántropa, hedonista y egoísta. Hace 14 años, cuando Ricardo Llorca compuso su ópera de cámara Las horas vacías, el estatus de internauta estaba ya en gran medida consolidado y la experiencia individual de entablar una conversación con otra persona a través de la red de redes empezaba a ser algo más que habitual.
Hoy en día, con la telefonía móvil ejerciendo la gran hegemonía cibernética a través de las todopoderosas redes sociales, la peripecia de un chat es el catecismo de la población virtualmente nativa –la llamada generación Z- y de aquella otra bastante menos bisoña que -a la fuerza ahorcan- ha tenido que ir…
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