El concierto de abono n.º 9 de la OSCYL se saldó con un resultado irregular, que ya podía intuirse desde su extraña concepción: dos obras de carácter ibérico con otra que no tenía nada que ver. Esperaba con expectación El cazador maldito, de Franck, una obra de alto voltaje que me apasiona; pero se sustituyó por La isla de los muertos, más habitual en el Centro Cultural Miguel Delibes.
Precisamente la interpretación de este poema sinfónico fue lo menos logrado de noche: Morlot desperdició cualquier organización dinámica efectiva y toda la obra sonó hipertrofiada entre el mezzoforte y el forte. La falta de tensión fue tal que los clímax llegaron como quien no quiere la cosa, y no tanto porque no hubiera un carácter romántico en el fraseo, en el que se pudieron apreciar aspectos interesantes, por ejemplo en los chelos; sino porque esa…
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