Hace poco un amigo pianista me hizo -a la manera de Tom Hulce en Amadeus- una vigorosa caricatura del clásico acompañamiento verdiano, martilleante y simplón como el himno de un equipo de tercera. Hábilmente le iba contraponiendo el delirio sexual de Turandot o la catarata armónica de Tristán e Isolda, de manera que se hacía difícil no darle la razón.Es bueno verse colocado de vez en cuando frente a las propias convicciones: ayuda a no acomodarse. A los amigos se les defiende con o sin razón, y Dios sabe que uno es capaz de las mayores arbitrariedades cuando se trata de sopranos, pero con los músicos no está de más razonar las preferencias: pues claro que me gusta Verdi. Adoro la manera en que ese campesino avaro saca agua de las piedras; me entusiasma ver cómo organiza en montoncitos su aparentemente escaso material: un tres por cuatro…
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