Impresionante final de temporada
el protagonizado por Roberto González-Monjas y la OSCyL desde un maravilloso
programa para el público, pero realmente agotador para orquesta y director. En
cualquier caso, mereció la pena, y la segunda parte especialmente estuvo entre
lo mejor de todo el ciclo.
Técnicamente, las cosas
comenzaron regular con el Bolero: hubo algunos fallos de los solistas, y
en ocasiones a las intervenciones les faltó precisión en los tempi. Pero
todo fue mejorando desde una perfecta planificación dinámica, que a la vez
propició muchos detalles personales que fueron enriqueciendo el discurso, siempre
desde el empuje típico de un director al que la obra claramente brinda una
ocasión para la potencia expresiva, una de sus muchas virtudes.
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