Creo que todos los aficionados a la música, a partir de cierta edad, tenemos una memoria detallada, pero confusa al mismo tiempo, de todos esos magníficos conciertos celebrados en maravillosas iglesias y catedrales, con unos programas preciosos y buenos intérpretes, pero ... ¡con un frío!
El que ofreció El León de Oro en la catedral de Salamanca, el pasado 21 de octubre es uno más. No el peor en cuestiones térmicas, recuerdo algunos espantosos, pero sí con esa desazón y añoranza de una buena mantita y sobre todo unos pies secos, dos detalles que contribuyen seriamente al placer estético. Pero al mismo tiempo un concierto como este no sería el mismo desde la comodidad: en cierto modo la catedral, la escasa iluminación, la dureza de los bancos, la poca visibilidad de los intérpretes, la falta de traducción que hace que se capten parte de…
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