La Sinfónica del Vallés comienza la Segunda sinfonía de Beethoven con aire cansado. Es un primer movimiento casi arrastrado por los violines, demasiado moderado y frío. La sección grave de la cuerda parece inexistente: los violoncelos tímidos y los contrabajos ausentes. Se trata del primer concierto de la temporada en un teatro de la Farándula extrañamente a medio llenar. El primer movimiento, adagio, de esta Segunda en re mayor transcurre, pues, con una extrema placidez. Quizás la culpa es del otoño. Afortunadamente, a lo largo del segundo movimiento, larghetto, las cosas empiezan a cambiar. Como si hubieran captado el estado melancólico del público y su necesidad de una audición un poco más sentida, director y músicos parecen despertar; el primer romanticismo sinfónico gana en intensidad gracias a una cuerda sólidamente unida que…
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