Cuando
uno lleva casi cincuenta años asistiendo a conciertos, al entrar en la sala no
se pueden evitar los prejuicios, al tiempo que se alberga todavía cierta
capacidad para dejarse sorprender. En el caso de esta noche, la parte vocal del
programa no me hacía especial ilusión, y recelaba de la parte puramente
orquestal al estar en manos de un director demasiado joven. Sin embargo, me
dejé sorprender por unas canciones que ya tenía olvidadas, por otras que no
conocía, por una cantante estupenda, y por un maestro que demostró cierta madurez.
Si Alban
Berg llamó “tempranas” a estas siete canciones fue porque las orquestó veinte
años después de componerlas. Pero ya entonces era Berg, un experto en la
concisión: no sólo al escoger poemas breves, sino al trasladar esa brevedad al
discurso sonoro, porque no hay aquí repetición de versos ni…
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