La estupidez es tan inherente al ser humano como la
libertad una de sus máximas aspiraciones. En este sentido es probable que nunca
haya sido tan fácil como ahora demostrar públicamente lo gilipollas que se
puede llegar a ser. Idiota sin coerciones. Imbecilibérrimo, si se me permite
el neologismo. Otra cosa es, desde luego, que se exprese algo inteligente (al
parecer hay personas que lo hacen) o una verdad, aunque sea simple. Porque
entonces se corre el riesgo de perder esa consistencia leñosa de humano
ejemplar. Y una vez perdida, ¿para qué se quiere la libertad? Pues, venga,
multa va, o incluso, y por qué no, a chirona.
Y de esta forma, quitándole y concediéndole la razón a
quienes vienen postulando que ahora hay menos libertad que hace tres o cuatro
décadas, caminaba yo por el Jardín del Turia hacia Les Arts. Espléndida…
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