Es lugar común en la música clásica afirmar que no hay orquestas malas, sino directores incompetentes. Ahora bien, si setenta cuerdas tocando en trémolo pianísimo sólo consiguen transmitir la 'raspadura' del arco sin que se escuche música alguna -no hace falta pedir, además, esa sensación que debería producirse de tal guisa en el arranque de una sinfonía bruckneriana, por ejemplo-, entonces, irremediablemente hay que reconocer que la orquesta es mediocre. Por mucho que quien esté al frente sea nada menos que Riccardo Chailly.El ballet Romeo y Julieta es una obra que exige una orquesta de primera categoría, tanto por la cualidad de sus distintas familias -en tutti y en solista-, como sobre todo, en empaste y en potencia. De otro modo, esta música de foso nunca habría subido a los altares de los escenarios sinfónicos. Pues bien, muy poco…
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