A las producciones de Calixto Bieito va uno siempre con la certeza de que va a tener materia de la que hablar; no es menos cierto que, vistas unas cuantas, también sabe uno más o menos lo que se va a encontrar. Y si lo uno seguramente complazca al empecinado buscador de polémicas, lo otro debería seguramente satisfacer al hombre de teatro, pues a la postre significa que ha conseguido un estilo propio. Y en opinión de quien esto suscribe, eso vale más que un escándalo que resulta exponencialmente más difícil de conseguir a cada montaje.Entre otras cosas, al sentarnos frente a “un Bieito” (sea teatro hablado, ópera, zarzuela o happening) sabemos que los actores no se estarán quietos ni un momento, que dirán sus parlamentos entre agotadoras carreritas, saltos, piruetas y esos forcejeos ambiguamente cariñosos que acaban con el secundario…
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