Es inevitable que, conforme pasan los años, uno acuda a un concierto cargado de prejuicios.
En este caso tenía unos cuantos: la Cuarta Sinfonía de Brahms no debe abrir un concierto, sino cerrarlo, porque es la más grande de todas las sinfonías escritas y por escribir; no me gusta nada el último movimiento de su Segundo Concierto porque no lo considero a la altura de los tres precedentes; no tengo a Roberto González-Monjas como un músico lo bastante hecho como para dar una interpretación decente de estos dos monumentos; y lo mismo creo de Alexandre Kantorow, por mucho Premio Chaicovski que haya ganado. Por si fuera poco, al entrar en la sala añadí un nuevo resquemor al observar que únicamente había cinco contrabajos en el escenario.
Comentarios