España - Madrid

Loa a lo rural

Germán García Tomás
miércoles, 13 de marzo de 2024
La rosa del azafrán © 2024 by Teatro de la Zarzuela La rosa del azafrán © 2024 by Teatro de la Zarzuela
Madrid, domingo, 28 de enero de 2024. Teatro de la Zarzuela. La rosa del azafrán. Zarzuela en dos actos y seis cuadros. Música: Jacinto Guerrero. Libreto: Federico Romero y Guillermo Fernández-Shaw, inspirado en El perro del hortelano de Lope de Vega. Nueva producción del Teatro de la Zarzuela. Dirección de escena: Ignacio García. Escenografía: Nicolás Boni. Vestuario: Rosa García Andújar. Iluminación: Albert Faura. Coreografía: Sara Cano. Reparto: Carmen Romeu (Sagrario), Rodrigo Esteves (barítono), Carolina Moncada (Catalina), Ángel Ruiz (Moniquito), Vicky Peña (Custodia), Juan Carlos Talavera (Carracuca), Mario Gas (Don Generoso), Pep Molina (Miguel), Emilio Gavira (Micael), Chema León (Julián / Un mendigo), Elena Aranoa (cantante de música popular), Javier Alonso (un pastor). Coro del Teatro de la Zarzuela. Director: Antonio Fauró. Orquesta de la Comunidad de Madrid. Dirección musical: José María Moreno.
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Al margen de otras zarzuelas de corte histórico o costumbrista, las de los años 20 y 30 tienen una característica sustancial y definitoria que debe ser reivindicada por encima de toda cuestión: su naturalismo, tanto en el plano escénico como en el musical. La rosa del azafrán (Teatro Calderón de Madrid, 1930) es quizá el título más prototípico de zarzuela regionalista o ruralista, al menos el que más fama y taquilla le proporcionó a su autor musical, el toledano Jacinto Guerrero, junto a sus otros dos precedentes: la opereta de trama francesa Los gavilanes (1923) y la zarzuela de ambientación histórica, auténtica del Siglo de Oro español, El huésped del sevillano (1927), lista a la que podríamos añadir La montería (1922), otra opereta de trama inglesa con la que el compositor de Ajofrín inauguró la costumbre de bajar los telones cortos con el texto de los números bomba -corales con parte de tiple, gran parte de ellos- y por ende, de crear de la nada el fenómeno del karaoke. 

En el caso de esta última, el público coreaba junto a las tiples y vicetiples el tango-milonga “Ay que ver / la ropa que hace un siglo / llevaba la mujer”, en el de El huésped era un coro de reivindicación regional: “Lagarteranas somos / venimos todas de Lagartera” y en la Rosa, más de lo mismo, pues eran las espigadoras las que lamentaban su recio faenar: “Ay, ay, ay, ay, qué trabajo nos manda el Señor / levantarse y volverse a agachar / todo el día a los aires y al sol”.

Y es que ese apego a la tierra, al terruño, es lo que determina que la propuesta escénica que se acerque a toda zarzuela de alpargata que se precie, preponderante en las aludidas décadas, se engrandezca, se dignifique y se ennoblezca. Ignacio García, que de teatro lírico español sabe bastante, pues ha puesto en escena multitud de zarzuelas de diferentes épocas, apuesta por espacios abiertos, moviéndose entre azafranes y espigas de maíz, con la señorial y adusta presencia de los caserones manchegos.

Y permitiéndose un guiño al estereotipo de los molinos, quizá como previsible excusa para convocar y traer a colación al Quijote, cuyo trasunto, el inveterado Don Generoso ideado por la pluma gloriosa de Federico Romero y Guillermo Fernández-Shaw, invoca bajo el influjo de su mente enajenada en sus solemnes y algo tremendistas parlamentos, como garante de la reciedumbre de la tierra y las costumbres sociales.

Mario Gas y Vicky Peña en ‘La rosa del azafrán’ de Guerrero. Dirección musical: José María Moreno. Dirección de escena: Ignacio García. Madrid, Teatro de la Zarzuela, enero de 2024. © 2024 by Elena del Real.Mario Gas y Vicky Peña en ‘La rosa del azafrán’ de Guerrero. Dirección musical: José María Moreno. Dirección de escena: Ignacio García. Madrid, Teatro de la Zarzuela, enero de 2024. © 2024 by Elena del Real.

Memorable papel el de Don Generoso, que junto al de Custodia, alcahueta mediadora entre el nadar y guardar la ropa (las apariencias) tan asociada a estos entornos rurales, determina el feliz desenlace de esta trama inspirada directamente en El perro del hortelano del Fénix de los Ingenios, el inmortal Lope, y la señora ama Sagrario podrá al fin comer las berzas en forma de ayudaor que antes ni comía ni dejaba comer.

Pero para todo se necesita contexto, y ahí el libreto es fundamental, pues la zarzuela española tiene la virtud o el defecto de contar con un texto hablado que hace avanzar la acción y pone en situación a personajes y trama. 

Y La rosa del azafrán, pese a su llaneza, tiene no pocas aristas, una obra lírica refinada donde las haya tanto en lo teatral como en lo musical por la conjunción de tres artistas privilegiados, un músico de fina intuición y melodismo fácil y directo, y dos libretistas de oficio, sensibilidad y cultura por los cuatro costados que llevaban a Lope de Vega como baluarte de su talento teatral en el campo de la lírica española, como ya habían demostrado en sus dos obras precedentes con pentagramas de Amadeo Vives: Doña Francisquita glosando a La discreta enamorada y La villana haciendo lo propio con Peribáñez y El comendador de Ocaña.

Derivadas teatrales que se pierden por el camino al prescindir en la presente nueva producción del texto completo de la zarzuela, que queda bastante reducido pero sin llegar al peligro de hacer incomprensible el argumento. Se nos priva de parlamentos que circundan la trama hacia aspectos más secundarios al conflicto principal, y quedan con escasa entidad personajes como el de Carracuca, que es más que un frívolo viudo caza mujeres, y lo que es más importante, la historia que rodea a la pareja seria, pues el remiendo de Custodia -la adjudicación de Juan Pedro como hijo fallecido de Don Generoso- no se termina de explicar con detalle, ni tampoco la actitud hostil de Sagrario. Y eso Romero y Fernández-Shaw sí lo llevan en su libreto. Una vez más nos lamentamos ante el enésimo caso de querer establecer una práctica en este teatro y que no es más que una pretendida excusa, la de agilizar y recortar las historias que nos cuentan nuestras zarzuelas.

‘La rosa del azafrán’ de Guerrero. Dirección musical: José María Moreno. Dirección de escena: Ignacio García. Madrid, Teatro de la Zarzuela, enero de 2024. © 2024 by Elena del Real.‘La rosa del azafrán’ de Guerrero. Dirección musical: José María Moreno. Dirección de escena: Ignacio García. Madrid, Teatro de la Zarzuela, enero de 2024. © 2024 by Elena del Real.

Pero es justo reconocer por encima de todo que las virtudes de esta Rosa del azafrán frente al montaje de esta misma obra que el Teatro de la Zarzuela ofreció ahora hace 21 años, son mucho mayores, pues en aquel entonces Jaime Chávarri buscó una rusticidad rayana en lo paleto y lo zafio -como por ejemplo trayendo a escena el féretro de la mujer de Carracuca y balanceándolo al ritmo del tanguillo-, y aquí, Ignacio García se rodea de colaboradores como Nicolás Boni y su pulida escenografía, y Rosa García Andújar, que recrea las indumentarias con realismo y precisión fotográfica, pues se ha apoyado en muchas instantáneas de finales del XIX y principios del XX para cada detalle de los figurines asociados a la siega en la tierra manchega. Aun así, el baile asociado a las espigadoras resulta discordante con la idiosincrasia de la pieza, por lo que la coreografía de Sara Cano es algo irregular en su conjunto.

De los dos repartos -lo que afectó solamente a la pareja protagonista, pues el resto de nombres fue idéntico en ambos-, el segundo cuenta con las voces de la soprano Carmen Romeu y el barítono Rodrigo Esteves, dos grandes defensores de nuestro género lírico y habituales en este coliseo. Aquí nos suscribimos a la segunda función de ese binomio protagónico. Romeu posee un buen torrente vocal y temperamento a nivel teatral, haciendo plenamente convincente su retrato del ama Sagrario con una digna presencia y un aura de autoridad que se manifiesta al final del primer acto. La arriesgada romanza del segundo fue salvada con holgura, pese a vaivenes en la línea. A su lado, el instrumento de Esteves tiene no menos caudal sonoro, y exhibe elegancia y bello canto en el fraseo desde su romanza del sembrador, con una dicción que acusa su origen portugués, pero que sobrelleva con soltura en las partes habladas, en un personaje al que aporta gallardía e hidalguía a partes iguales.

La soprano Carolina Moncada fue el gran descubrimiento de esta producción, pues su debutante aportación en el teatro de la calle Jovellanos no pudo ser más feliz y satisfactoria, dando vida a una Catalina de gran personalidad escénica, cantada con mucha dignidad y verdad en el decir de sus partes habladas. Su pareja teatral, el Moniquito de Ángel Ruiz, es sinónimo del buen hacer cómico al que nos tiene siempre acostumbrados este excelente actor-cantante, uno de los grandes del momento en el terreno de la comicidad. Destacar asimismo el chistoso tono calavera asociado al Carracuca de Juan Carlos Talavera que siempre saca más de una sonrisa al espectador.

Los dos papeles actorales antes aludidos, Don Generoso y Custodia, tienen a su vez a otro par de enormes valedores por cuyas venas discurre el oficio y la veteranía teatral: el dinástico Mario Gas, director de inolvidables puestas en escena tanto de óperas como zarzuelas, y la sagaz y dinámica Vicky Peña. Ambos por sí mismos -él con su novelesca y recia declamación de los monólogos quijotescos, ella con la más pura recreación celestinesca- son capaces de engrandecer, de ennoblecer y de erigir en categoría de obra maestra a este título señero de la lírica española, y representan la herencia y el legado de los artistas teatrales de décadas pasadas.

Elena Aranoa, acompañada por el cuerpo de baile y actores en ‘La rosa del azafrán’ de Guerrero. Dirección musical: José María Moreno. Dirección de escena: Ignacio García. Madrid, Teatro de la Zarzuela, enero de 2024. © 2024 by Elena del Real.Elena Aranoa, acompañada por el cuerpo de baile y actores en ‘La rosa del azafrán’ de Guerrero. Dirección musical: José María Moreno. Dirección de escena: Ignacio García. Madrid, Teatro de la Zarzuela, enero de 2024. © 2024 by Elena del Real.

Sería demasiado extenso detenernos en todos y cada uno de los demás roles actorales, que han sido defendidos con rigor en un amplio abanico de registros y que han proyectado con perfecta definición sobre la escena cada uno de los tipos populares que pueblan la acción de La rosa del azafrán

Una zarzuela que 94 años después de su estreno ha sido revivida con gran riqueza de colores por la batuta de José María Moreno, moviéndose con agilidad por los ritmos de los diversos números que han honrado con letras grandes las voces del Coro del Teatro de la Zarzuela, el otro gran triunfador de la representación, cuya proyección y empaste envidiables han resucitado con alma los cantares que extrajo directamente de la tierra el genial Guerrero.

Pues de la tierra surgen esos cantos en bruto, el propio folclore de tradición oral que Ignacio García ha querido honrar, exaltar y reivindicar en la voz de Elena Aranoa, un sustrato y pura esencia del canto popular de la tierra manchega que ayuda a comprender las elaboradas y a la vez sencillas y llanas armonizaciones que el maestro toledano diseñó para su partitura más inmortal. 

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