España - Galicia

El Andante en tercer lugar

Alfredo López-Vivié Palencia
jueves, 28 de marzo de 2024
Thomas Dausgaard © 2021 by Thomas Grøndahl Thomas Dausgaard © 2021 by Thomas Grøndahl
A Coruña, viernes, 22 de marzo de 2024. Palacio de la Ópera. Orquesta Sinfónica de Galicia. Thomas Dausgaard, director. Gustav Mahler: Sinfonía nº 6 en La menor. Ocupación: 80%
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Reconozco que hasta el día de hoy no había prestado la menor atención al eterno debate sobre el orden en que se deban tocar el Andante y el Scherzo de la Sexta Sinfonía de Gustav Mahler. Seguramente porque siempre la he escuchado con el Andante en tercer lugar. Esta noche se interpretó tras el Allegro inicial, y me di cuenta de que es la elección equivocada. El Scherzo me suena a continuación natural del primer Allegro, y su conclusión suave se me antoja la introducción idónea para el Andante, el cual sirve sobre todo para tomar respiro antes del extraño Finale. Hacerlo al revés me parece que provoca un desequilibrio formal en la pieza y confusión conceptual en el oyente.

Sea como fuere, para el concierto de esta noche el orden de los movimientos estaba anunciado así. Ya lo había decidido Andrés Orozco-Estrada, que canceló por motivos de salud, y así lo mantuvo el maestro danés Thomas Dausgaard (Copenhague, 1963), que le sustituyó (aunque, curiosamente, la partitura que había en su atril contenía el Scherzo en segundo lugar). Me supo mal que no pudiera venir Orozco-Estrada porque no le he visto nunca en directo y tenía verdadera curiosidad. Por suerte, la dirección de Dausgaard -un músico a quien sólo conocía a través de sus grabaciones discográficas, mundo en el que prolifera con muy diversas orquestas, y, por cierto, flamante nuevo director principal invitado de la Orquesta de RTVE- no fue ningún chasco.

Al contrario, en términos generales Dausgaard no se complicó la vida -bastante complicada es la pieza en sí- y ofreció una interpretación que escapó de cualquier exceso psicoanalítico -la obra da pie a regodearse en extremos existencialistas-, sino que fue directamente al grano. Tampoco incurrió en excesos sonoros, aunque aquí hay que tomar en consideración la ingrata acústica de esta casa: había veinte fanfarrias en el escenario y un nutridísimo grupo de percusionistas, y sin embargo ni las unas ni los otros apabullaron hasta el punto de hacer inaudible todo lo demás. Dausgaard consiguió que se escuchase una orquesta grande en todo su esplendor sin pasarse de decibelios.

El primer movimiento me pareció intachable. La marcha salió más impecable que implacable, y el llamado “tema de Alma” se dijo con suficiente contraste pero sin añadir almíbar, todo dentro de un concepto muy enérgico que primaba el avance del discurso de principio a fin. A esos efectos, la batuta de Dausgaard no daba respiro mientras su mano izquierda imprimía la fuerza justa y su mirada no perdía ripio en la atención al detalle. Un buen ejemplo fue la percusión “extra muros” -aquí y en el Finale-, lo bastante presente como para hacerse oír y lo bastante discreta como para no molestar.

Tampoco Dausgaard se solazó en el Andante, observando el necesario equilibrio entre cuerda y madera, aunque tal vez se quedó corto de ambientación misteriosa del clímax y en el episodio mágico que le precede. En el Scherzo sucedió otro tanto: los pasajes impares se dijeron con buen pulso, pero en los tríos, aunque se atendió la instrucción del compositor sobre su carácter “pasado de moda”, no tanto el mandato de hacerlos “graciosos”, lo cual llevó a un indeseable estatismo del discurso.

Confieso que, en cien años que viva, no seré capaz de comprender el último movimiento. El carrusel de emociones contradictorias -el arranque en interrogante, el constante intercambio entre la animosa presencia de Alma y los trágicos golpes del destino, y ese final de derrota-, junto con su desmesurada extensión, hacen de él una cosa indescifrable. Probablemente también para Dausgaard quien, de nuevo, no quiso exacerbar ni la felicidad ni la desgracia: ni los violines sonaron exuberantes, ni los martillazos retumbaron en el pecho del público, ni la histeria que les sigue fue incontenible. De ese modo la conclusión no fue una devastación sino una vuelta al interrogante. No me parece una idea descabellada.

El respetable aplaudió con ganas, porque cualquier interpretación de esta obra inmensa lo merece, y más si, de nuevo, la Sinfónica de Galicia demuestra su excelente nivel gracias al indudablemente eficaz trabajo de ensayo de su director invitado esta noche. Déjenme destacar la excelente labor de la primera trompa -Marta Montes-, del primer oboe -David Villa-, y de quien tuvo la enorme responsabilidad de representar al dios Donner -José Trigueros-. 

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