España - Castilla y León

Historia de dos conciertos

Samuel González Casado
jueves, 28 de marzo de 2024
Behzod Abduraimov © by Nissor Abdourazakov Behzod Abduraimov © by Nissor Abdourazakov
Valladolid, viernes, 22 de marzo de 2024. Centro Cultural Miguel Delibes. Sala Sinfónica Jesús López Cobos. Orquesta Sinfónica de Stavanger. Behzod Abduraimov (piano). Andris Poga, director. Matre: Piezas líricas (selección). Prokófiev: Concierto para piano n.º 2 en sol menor, op. 16. Chaikovski: Sinfonía n.º 5 en mi menor, op. 64. Ocupación: 85 %.
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Pese a todo lo que la rodeó (cuestiones que se mencionarán), la orquesta invitada Sinfónica de Stavanger dejó muy buena impresión en el Centro Cultural Miguel Delibes. El concierto no estuvo exento de algunos accidentes instrumentales y de algunas ideas peculiares, pero la base era demasiado buena como para que algo se desmoronara.

Era el mejor de los tiempos

Ante todo, debe decirse que su titular, Andris Poga, es un consumado alquimista del sonido que sabe explotar las principales virtudes del grupo: con el letón no hay combinación sonora que no haya sido meditada, ni sonido feo, excesivo o con valor expresionista. El balance es de un equilibrio sublime, y prefiere añadir información de una manera en donde lo expresivo en general y lo meditativo en particular se recoge de forma muy creativa en tempi normalmente rápidos, que muchas veces se varían, pero sin regusto a vieja usanza. Hay también cierta tendencia a marcar los obstinati, lo que a veces quita algo de entidad o trascendencia a frases largas (no le gusta el sentimentalismo, o lo que pueda remitir a las estructuras contundentes del estilo alemán), y un profuso trabajo dinámico que suele atender más a arcos medianos o grandes que al detalle puntual, porque nada se sale de una línea perfecta que a veces parece belcantista.

Esto benefició especialmente a la bonita pieza inicial, Piezas líricas, de Ørjan Matre, basada en Grieg, una obra repleta de percusión aguda y melodías amables que no esconden cierta amargura. Su concentración, coloreada sutilmente, hace que transcurra en un momento, y su animado final a lo Looney Tunes es un triunfo seguro.

La versión de la Quinta de Chaikovski estuvo saturada de detalles musicalmente interesantes que siempre tenían un regusto técnico, o de labor musical, y de alguna manera a mí me faltó un sentido que tendiera a comprender la expresión de lo que quería decirse; una interpretación personal y conceptualmente trabajada, si se quiere. También reconozco que no era imprescindible, y que noté que el mismo sonido de la orquesta y la maravillosa utilización que Poga hacía de él bastó para meterse al público en el bolsillo.

Los músicos arriesgaron y sufrieron algunas pifias, especialmente el primer trompa y el clarinete. No por ello se volvieron más conservadores: tenían muy claro que debían intentarlo y su concepto a la hora de frasear estaba decidido. Así, y por ser positivo, disfruté con lo que imaginé sería una interpretación de maderas y trompas en esta obra en la que todo saliera bien: un prodigio.

El increíble pianista Behzod Abduraimov contribuyó de una manera fabulosa al éxito de esta visita. Su versión del Concierto para piano n.º 2 de Prokófiev pretendió, y casi consiguió, una interpretación “total”: lo gimnástico no podía conseguir menos que una medalla de oro, y lo íntimo se alineó milagrosamente con la orquesta para lograr un fraseo de colores inesperados y apabullantes. En ese sentido, su versión podría ser tachada de “poco moderna” (Cherkasski me vino a la mente en algunas ocasiones, con sumo placer debo decir), pero esto hay que escucharlo en vivo para darse cuenta de que la coherencia hace surgir justificaciones que no esperamos.

No todo fue perfecto: en la cadencia del primer movimiento se dejó algunas escalas mudas que deberían haberse planteado de otra forma, y de vez en cuando el pianista colaba algún truquillo. El pedal también puede refinarse (recortando algo, a poder ser). Pero en realidad no es muy justo hacer incidencia en esto: creo que, aunque sea un espectáculo, hay que tener en cuenta que la obra no está entre lo más adorado del catálogo de Prokófiev, y pese a ello el público disfrutó muy desinhibidamente, como demostró a la conclusión.

Era el peor de los tiempos

El primer párrafo de esta crítica hace referencia a circunstancias externas que no contribuyen mucho a que el espectador acuda a los conciertos con la paz y alegría necesarias; me refiero a asuntos de organización. Hace poco, en otra crítica denuncié el poco caso que se le hacía al lied por parte de los responsables contratados por la Administración pública. Y el único concierto de lied programado por el ciclo de Cámara de la OSCyL es un arreglo de Winterreise.

No estoy en contra de los arreglos de lieder, máxime cuando, por mucho que yo diga, en Castilla y León la gente ya está harta de tanto lied al uso: todo el mundo silba ciclos de Reynaldo Hahn por la calle, es exasperante; por si fuera poco, no es raro escuchar los domingos de madrugada cantar a algunos adolescentes juerguistas “Erhebt das glas mit froher Hand…”; e incluso se ha llegado a afirmar que otros tararean Amor (convenientemente transportado) mientras piensan en su crush. Por tanto es normal que, de interpretar Winterreise, se haga con presencia de acordeón, supongo que para Der Leiermann.

Y solo lo supongo porque Winterreise se contraprogramó con la Orquesta de Stavanger. Por supuesto, estoy seguro de que tuvo que ser así por diversas razones, que no me interesan; pero realmente este concierto de cámara nunca debería haberse aceptado, y sospecho que esta forma de hacerlo, excéntrica por un lado y derrochadora de recursos del contribuyente por otra (¿dos conciertos a la vez con “nuestro” presupuesto solo para impedir acudir a público potencial?), se debe a querer incluir un concierto de lied en la temporada aunque sea con calzador.

No estoy seguro de que el espectador medio tenga por qué cruzar datos cuando los ciclos se publican para ver qué ha contraprogramado a qué. No sé si se ha informado al respecto o se ha dado alguna explicación, o si un abonado tiene la obligación de cambiar su día de Stavanger y perder su butaca habitual pagada para poder escuchar a Werner Güra. Tampoco sé si “Begen” es una ciudad, como afirman las notas al programa.

Lo que sí sé es que el público importa muy poco; supongo que mientras no falte.

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