Acercarse a una partitura de la que apenas se dispone de una
clarificadora estructura compositiva es ya de entrada un empeño sumamente complejo.
Máxime cuando estamos hablando de una obra estrenada hace cuatro siglos, en el
florecimiento de la ópera veneciana, cuando el todopoderoso Claudio Monteverdi,
tomando el madrigal entre otros muchos elementos musicales y poéticos, sentaba
las bases de un género que iba a difundirse por toda Europa. En el vergel del
incipiente teatro cantado en la Italia del Seicento,
y desde las diferentes cortes musicales, otras personalidades que orbitaban
alrededor del cremonés cultivarían esta singularidad escénico-musical.
Entre ellas, y desde la ducal Florencia, una mujer valiente
y sin complejos, auténtica niña prodigio de la época y de la que se sabe
bastante poco, Francesca Caccini, hija de Giulio, aquel…
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