Parafraseo el título de la celebrada película de espionaje sobre la novela de John Le Carré, como primera valoración del recital ofrecido en el Teatro Rosalía por José Luis Rodrigo, a quien hace décadas que, por encima de otras consideraciones, valoro como el gran músico que es. Porque, desde el principio de su carrera, tuvo -algo realmente infrecuente entre los guitarristas de aquellos primeros años de la década de los sesenta- la clarividencia y el coraje de poner la guitarra, su técnica y su expresividad al servicio de la partitura; de la música, en definitiva. Por encima de cualquier efecto sonoro propio del instrumento, pero siempre con fidelidad al lenguaje propio de éste, sin renunciar a él. Antes bien, dándole el valor de la preciosa e insustituible herramienta que es en pos del objetivo final: la música, siempre la música.Así…
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