Hubo un tiempo no demasiado lejano en el que era costumbre dar en la primera parte de los conciertos sinfónicos la obra de más enjundia del programa, dejando para el final aquellas piezas de menor complicación estilística o conceptual, o simplemente más cortas. Sin ir más lejos, el gran Wilhelm Furtwängler gustaba a menudo de seguir tal orden. Mas también es verdad que, desde que el concierto es un acto social abierto al público en general, el espectáculo ha ido reduciendo progresivamente su duración y, salvo aquellos casos obligados por la duración de una única obra, no suele ir más allá de las dos horas. Por eso, la costumbre ahora es la inversa, y el esquema clásico obertura-concierto-sinfonía está ya asentado en la mente del público sin temor a que la última parte de la función pueda causarle fatiga.Mucho más reciente, sin embargo,…
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