En cuanto las paredes del auditorio absorbieron el último acorde de la sinfonía y comenzaron los aplausos del público, los dos ancianos que permanecían sentados en las últimas filas cruzaron una rápida mirada de emoción. El más alto de los dos, también el más nervioso, hizo ademán de levantarse para abandonar la sala, pero el otro le cogió el antebrazo para detenerle:- Espere un poco, hombre, deje que disfrute de esto. Usted estará ya acostumbrado al reconocimiento, pero a mí estos aplausos me llenan de vida. ¿Parece que les ha gustado, verdad?- Claro que sí, pierda usted cuidado, les ha gustado. Los aplausos son sinceros y cálidos. Y hablando de eso, abríguese usted, que ahí fuera hace un frío que pela.- ¡Cómo es usted, siempre con prisas! Ya voy, ya voy; deje que me ponga el sombrero y la bufanda.Salieron del auditorio confundidos…
Comentarios