En esta España de nuestros pecados, donde seguimos manteniendo contra corriente horarios demenciales -anclados en las sacrosantas costumbres del madrugón perezoso, de la buena mesa y de la mejor siesta-, las actividades culturales quedan por fuerza relegadas a horas intempestivas y obligan a los asistentes a escuchar los conciertos posponiendo la cena para aquel momento en el que el resto del mundo civilizado -y el que no lo es tanto- está ya hace rato en brazos de Morfeo. Y que por muchos años siga así, por mor de la biodiversidad.Viene esto a cuento de que, mientras escuchaba el tiempo lento del segundo concierto de Brahms, inopinadamente a este comentarista sus tripas comenzaron a reclamarle el alimento con sonidos más que característicos y por la vía de apremio. ¿A causa de la tardía hora nocturna? Por supuesto que no.Manuel Balboa…
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