Desde la ventana del estudio donde suelo escribir -mi casa está en las afueras de La Coruña, relativamente cerca de la Ría de El Burgo-, puedo contemplar el vuelo de muchas aves: gaviotas argénteas y pardelas, garzas, cormoranes y -entre otras que mi ignorancia sobre ornitología me impide distinguir- algunas palomas torcaces deleitan con bastante frecuencia la vista por estos pagos. También tengo cerca una fábrica de piensos que atrae grandes bandadas de esas otras palomas ‘urbanizadas’ que invaden nuestras ciudades y deterioran nuestros monumentos. Frente al ruidoso y torpe aleteo conjunto de éstas últimas, contrastando con el majestuoso vuelo de las garzas, con el ingrávido de las gaviotas, y con el tenaz y laborioso de las bandadas de cormoranes, el vuelo de una paloma torcaz siguiendo a su pareja es de tal grácil delicadeza, que…
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