Cuando tenía que hacer una audición para incorporar un nuevo instrumentista a su orquesta, Herbert von Karajan presumía de que no necesitaba escucharle tocar, afirmando que le bastaba observar cómo el aspirante se acercaba al centro del escenario para decidir o no su contratación. Como tantas veces, el maestro exageraba, pero no debe olvidarse que toda exageración nace de un hecho cierto. Esta noche, el hecho cierto es que Libor Pesek, al salir al escenario del Palacio de la Ópera, se aproximó a su tarima con paso lento pero seguro, el rostro serio pero confiado, y la mirada fija en un punto indefinido de la sala. Por alguna razón, probablemente lo inhabitual de dicha constatación, este comentarista intuyó que algo importante iba a suceder.Así fue. Pesek dio la entrada a las arpas y esperó sin prisa a que sonara majestuoso el leit motiv…
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