Llegaba por segundo año consecutivo Frans Brüggen a Sevilla. Si en la anterior ocasión lo hizo para dirigir un Réquiem de Mozart, que resultó tremendamente trágico en su hieratismo y adustez, ahora tenía ante sí un programa Haydn que le permitió mostrar una cara más amable en sus maneras como director.Las Sinfonías nº 6 y nº 26 fueron un prodigio en lo que a fraseo se refiere. Brüggen mantiene un pulso constante que no decae ni en los tiempos lentos. Sabe sacar el máximo rendimiento del contrapunto y extrae variadas soluciones expresivas de una música, que si es mal tocada, cae ostensiblemente, con mayor facilitad que ninguna otra, en el tedio.Con el breve Concierto para trompeta en mi bemol mayor atendimos la fulminante ejecución de David Blackadder, quién pese a algunos problemas de afinación y de emisión en el Allegro inicial, se…
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