En un período tan corto, musicalmente hablando, como el que transcurre en veinte años -que no es nada, como dice el tango- este comentarista tiene la impresión de haber asistido a un curioso fenómeno concerniente a la interpretación de las sinfonías beethovenianas. En los primeros años ochenta era frecuente programar cualquiera -o más de una, cuando no el ciclo completo- de estas nueve archifamosas obras en todas las temporadas de conciertos de las orquestas de aquí y de allí. Beethoven era famoso, siempre vendía bien, y la invasión de nuevas grabaciones discográficas debidas a la explosión del disco compacto empujaba aún más a escuchar esta música también en vivo. Al comienzo de la década siguiente, sin embargo, Beethoven cayó en desgracia: por una parte, el movimiento historicista irrumpió con fuerza en un terreno que hasta el momento…
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