España - Galicia

La Ravelación Francesa

Theodor Smeu Stermin
Alexandra Dariescu
Alexandra Dariescu © RFG
Santiago de Compostela, jueves, 22 de enero de 2026.
Auditorio de Galicia. Alexandra Dariescu, piano, Real Filharmonía de Galicia, Johanna Malangré, directora. Maurice Ravel: Pavana para una infanta difunta y Concierto para piano en sol mayor. Mary Howe: Stars. Lula Romero: recurrance (cometa) Estreno absoluto. Gabriel Fauré: Suite de Pelléas et Mélisande, Op. 80. Asistencia: 70 % del aforo.
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Tras el esperpento del concierto de Reyes, de cuyas protagonistas no quiero acordarme, quiso la fortuna que la música, cansada de destierros, regresase, como vuelve la cordura después del delirio.

¿Y quién mejor que Ravel y Fauré para devolver la ilusión al Auditorio de Galicia?

Al conocer el programa me vino a la mente la figura de don José Antonio Domínguez Varela, gerente del Consorcio de Santiago de Compostela. Cuando tomó posesión del cargo, su señoría confesó —con honestidad— que jamás había puesto los pies en una sala de conciertos de música clásica. Y prometió ponerse al día. Reconozco que he tenido cierta preocupación, porque cuando uno llega nuevo a estos templos se le puede colar desde una cometa con falso pedigrí hasta una fuga mal tocada (y peor planeada). Pensé: ¡la cantidad de cometas que habrá tenido que tragarse el regidor! ¡La cantidad de programas indigeribles ideados por el Gran Contemporanizador que tuvo que soportar, y creer que aquello es música clásica! Pero hoy no. Hoy no hubo nada de eso. Hoy su señoría pudo comprobar —quizá por primera vez desde que es gerente— cómo es un concierto de verdad.

Ravel y el Iconostasio

Para empezar, hubo más espectadores que nunca en las últimas tres temporadas. (No se consuela quien no quiere, pero un setenta por ciento de ocupación es multitud si lo comparamos con la media oficial publicada en la prensa local por parte de las autoridades santiagueses). El público acudió porque Ravel —como me contó un erudito amigo mío— funciona como un iconostasio: uno se sienta delante y, sin saber muy bien por qué, baja la voz.

La aparición de la solista

Después ocurrió algo todavía más raro: en este concierto hubo solista. Desde que comenzó la Era de la Cometa, y algunos a Compostela la llaman Cometela, los solistas son una especie escasa, casi exótica. Tal vez El Gran Contemporanizador no cree en individuos, sino en conceptos.

Y la solista tocó. Y gustó. Y el público respondió como responde el público cuando reconoce la verdad sin manual de instrucciones: pidiendo no uno ni dos, sino tres bises, con calor, con afecto sincero. La sala entera parecía haber recordado de pronto para qué sirve una orquesta. Y los abonados estaban por fin sonriendo.

Tengo el convencimiento de que el señor Domínguez, desde su butaca, se estaba formando una idea más fiel de la música clásica. Confío en que su señoría sabrá tomar buena nota y asumir que no todo lo que reluce es oro, y que los espectadores son quienes certifican —sin apelación posible— la verdadera calidad: mediante asistencia y mediante reacción. Lo demás son cuentos de otras galaxias.

Alexandra Dariescu o el milagro

La pianista Alexandra Dariescu trajo exactamente lo que el público añora: excelencia, cercanía, maestría, virtuosismo, sensibilidad y ese don rarísimo de meterse al público en el bolsillo con breves palabras limpias, corteses y medidas. Todo en su sitio. (Pena que el Gran Contemporanizador no estuviera en la sala —nunca lo está en los conciertos que dirigen otros— para tomar nota de cómo llegar al público con apenas discurso. Los verdaderos músicos interpretan la música. No la explican.

Me llamó especialmente la atención el sutil arte de la solista de recalcar la verdad mecánica de ese instrumento, y ponerla de relieve sobre todo en el inicio de la primera parte del concierto. Aunque luego dejó claro que el piano es también un instrumento de respiración, de canto y de pensamiento; capaz de transformar el golpe en frase y los martillos en poesía. Un lujo.

Alexandra Dariescu es una pianista excepcional que camina en la frontera entre lo histriónico y el juego culto del fraseo. Tiene una dosis de generosidad y un etéreo aire de diva moderna, cabal y admisible. Soy de los que creen que, por pura lógica etimológica, las solistas deben ser divas por naturaleza: divas de lo divino, no de lo vanidoso.

En Alexandra Dariescu la teatralidad no es pose, sino respiración; y la autoridad no nace del gesto, sino de la convicción interior. Toca como quien se sabe escuchada, pero también como quien escucha. Hay en su manera de sentarse al piano una mezcla de valentía y hospitalidad: invita al público a entrar en la música sin rebajarla ni explicarla. Por eso conmueve. Porque no persuade: comparte.

El descanso y el bluf

Tras el descanso llegó el bluf.

El estreno español de Stars (1927), una miniatura orquestal de Mary Howe (1882-1964), resultó totalmente prescindible. Empieza uno a sospechar que alguien padece cierta obsesión astronómica: si no hay cometas, hay estrellas; si no hay estrellas, habrá planetas; y si no, siempre quedará el vacío interestelar.

Compostela aprende a protestar

Después nos pusieron otra cometa. Y agárrense bien, que el asunto tiene guasa: en Compostela se ha creado una corriente impulsada por parte de algunos abonados veteranos, que consiste en acudir al auditorio a la hora del concierto, pero permanecer en el bar durante la primera parte, donde se suelen programar las cometas y otras obras que levantan ampollas. O acudir directamente a la segunda parte.

¿Cuál ha sido la ocurrencia de la dirección? ¡Programar la cometa en la segunda parte, para romper esta dinámica de los abonados y dar una lección!

En el concierto con el mismo programa del día siguiente, 23 de enero en el Auditorio de Ferrol, la cometa se tocó en la primera parte. Y eso porque los espectadores de Ferrol no se han enterado aún de la manera que tienen los abonados de Santiago de protestar.

Lo bueno de las cometas es que se apagan pronto y nadie se acuerda de ellas. Lo malo es que la cantidad desorbitada de esas cometas vacía las arcas y no permite volver a contratar a los solistas y directores que tanto se esperan en Compostela.

De Borges al estrado

Borges —que sabía callar— nos dejó dicho que, si no se puede mejorar el silencio, más vale no estropearlo.

Lula Romero, autora de recurrance (con la r en minúscula, oigan ustedes), se subió al estrado para explicar que su obra debe «escucharse como experiencia sonora». Uno tiene la obligación de guardar el decoro, sin embargo, confieso que esta vez me faltó muy poco para ponerme de pie y pedirle a la compositora que se disculpara con el público por semejante ejercicio de tautología. No vamos a exigirle a nadie un discurso de sillón de la RAE, pero recomendar que una obra musical se escuche «como experiencia sonora» es una perogrullada indecente que ofende la inteligencia de más de uno.

Sacos que huelen

Compositores contemporáneos verdaderamente valiosos —como Carme Rodríguez, Fernando Buide del Real, Wladimir Rosinskij o Juan Durán, pongamos por caso—, si nos descuidamos, acabarán metidos en el mismo saco que los intrusos, y ese saco no huele bien.

Las cuerdas que saben hacer sonar a los vientos

Tras lo cósmico e innecesario, los músicos resucitaron. Las secciones de cuerda de la RFG aportaron profesionalidad, cohesión y transparencia al conjunto, permitiendo que los vientos se lucieran a placer esa noche. Y empezaron a soplar vientos de cambio.

La flauta de Laurent Blaiteau, presente de forma relevante en las tres obras francesas del programa, destacó por la calidad del sonido y el control expresivo, especialmente en los momentos de mayor exposición.

La trompa de Alfredo Varela, segura, franca, suntuosa, sobre todo en la Pavana para una infanta difunta, nos devolvió la serenidad.

El fagot de Juan Carlos Otero, músico de mucho oficio, afrontó solos especialmente expuestos en un programa de estas características —el Concierto para piano en sol mayor de Ravel y la Suite de Pelléas et Mélisande de Fauré—, resueltos con refinamiento y seguridad. Juan Carlos está alcanzando una fusión muy equilibrada entre sensibilidad y madurez, demostrada especialmente en la Sicilienne de Fauré, que tal vez sea una suerte de piedra filosofal para cualquier fagotista y, tras el Boléro de Ravel, el solo de referencia del repertorio francés.

El oboe de Christina Dominik, carismático sobre todo en La mort de Mélisande.

El corno inglés de Esther Viúdez, tratado con sumo mimo en el Adagio assai del Concierto para piano en sol mayor de Ravel.

La trompeta de Javier Simó en todos los solos casi jazzísticos del concierto y el manejo sutil de uno de los elementos esenciales del estilo raveliano: la sordina.  

El chelo de Millán Abeledo, expresivo, presente, cargado de humanidad lirica. (Aunque Abeledo, suplente de la principal de esa sección hizo cuanto pudo —y no fue poco—, el sonido inconfundible de Bárbara Katarzyna Switalska se echó de menos en una noche tan cargada emocionalmente).

Los músicos de todas las secciones se unieron en una emoción común para brindar a los espectadores un concierto casi nostálgico, con aquellas sonoridades sublimes de antaño, cuando en Santiago acudían los solistas y los grandes directores, y sobre la ciudad caía una lluvia de estrellas llegada de todos los rincones del planeta. Entonces también había cometas, sí, pero aparecían como deben hacerlo las cometas: de vez en cuando. No como ahora, convertidas en una plaga de astros con colas inflamadas.

Cuando la batuta escucha

Johanna Malangré, la directora, de gesto sobrio, calculado, casi ensimismado, dio la impresión de dejar que la orquesta se soltase, orientando sin imponer. Con oficio y sin bombástica. Sin rastro de gesto aprendido delante del espejo. Natural. Y ella no se olvidó de nadie en los aplausos. Supo ceder protagonismo sin vanidad, como corresponde a un director serio. En Fauré la directora elevó a la orquesta a la altura de la noche. Ella misma se contagió de la energía de los músicos y se volvió soberbia. De los pies a la cabeza. Y ya que hablamos de pies: llevaba unos zapatos de charol hermosos y sobrios que me devolvieron la esperanza de que algún día se prohíban las zapatillas deportivas en el podio.

Hoy no es el momento, pero otro día habrá que hablar del exceso de batutas aún por cuajar entre los (pocos) directores invitados en las últimas tres temporadas. Es saludable que una orquesta abra sus puertas a jóvenes talentos; lo que no es aceptable es que la RFG se convierta en aula permanente de prácticas.

Maestros

Me llamó también la atención la naturalidad con la que los músicos acompañaban a los alumnos de la Escuela de Altos Estudios Musicales de Santiago (EAEM). Con solvencia de veteranos y ternura de maestros, cuidaban a sus jóvenes compañeros de atril, sin condescendencias ni ruido. Los alumnos entregados, luciendo su talento, sumando, transmitiendo alegría.

El público como jurado

Este programa trajo aire nuevo y nos permitió disfrutar de una música muy bella, muy francesa, muy purificadora y muy esperada.

En el programa de mano leí esto: «repertorio inclusivo y redescubierto». Yo puse mucho de mi parte, pero no logré entenderlo. En cambio, no mencionó que la orquestación de la Suite de Pelléas et Mélisande pertenece al alumno más aventajado de Fauré: Charles Koechlin.

Me quedo con la esperanza de que el señor Domínguez haya sentido en su propia piel qué clase de música reclaman los espectadores. Seguro que meditará y tomará las decisiones que le corresponden para que vuelva la paz y para devolverle a Compostela la música que tanto se echa de menos. Hacer tabula rasa e ir pensando en encontrar un artista que sepa encaminar la paz y el arte con modestia y humildad. Que se ponga a la altura de los músicos, que entienda lo que significa hacer pueblo y que entienda que dirigir una institución cultural no consiste únicamente en programar ocurrencias desde una inaccesible torre de marfil de cartón piedra.

Desde aquí confío en que nuestro gestor así lo hará, y se lo agradezco por adelantado en nombre de los centenares de melómanos compostelanos que, con idéntica paciencia, piensan exactamente lo mismo.

Preguntas sin respuesta sobre el Fazioli silenciado

Me encantó en sonido brillante y percutante del Steinway esa noche; sin embargo, como tantos espectadores, sigo preguntándome qué fue exactamente lo que le ocurrió al Fazioli: ese piano que, desde el bochornoso incidente de 2023, no ha vuelto a ver la luz del escenario.

También me pregunto qué ocurrió con el autodenominado «compositor» contemporáneo que lo maltrató —según testigos— con una supuesta barra de hierro, en lo que algunos llamaron «experimento artístico» y otros, sin rodeos, un ataque de frustración. A día de hoy, ni siquiera eso ha quedado del todo claro.

Tampoco se ha esclarecido si el responsable asumió el coste del daño, si el instrumento pudo realmente ser restaurado o si, por el contrario, el asunto fue discretamente maquillado hasta desaparecer del discurso oficial de la dirección. La pregunta sigue flotando, incómoda y persistente: ¿ese piano sigue vivo? Porque hay melómanos que aún echan de menos su voz. Y un Fazioli —cuando calla— no lo hace en silencio: grita en la conciencia de quien le arrebató el alma… y también en la de quienes miraron hacia otro lado para no ensombrecer la imagen de la institución y de un «compositor» contemporáneo pasado de rosca.

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