Que una producción músico-teatral alcance la perfección es un desafío titánico incluso para los mejores artistas. Este logro se convierte en utopía en el caso de producciones tan complejas y minuciosas como Balkan Erotic Epic, concebida por una Marina Abramović casi octogenaria que -una vez más- reconstruye su propia biografía plagada de símbolos políticos, religiosos, etnográficos y, sobre todo, de su propia memoria, real e inventada, de los territorios culturales, espirituales, geográficos, míticos y tradicionales de los Balcanes.
Todas y cada una de las variables de Balkan Erotic Epic son de una calidad espectacular: coreografía y bailarines, filmación, escenografía, luminotecnia, vestuario, fotografía, música original y producción sonora, intérpretes, etc. y la suma de todas ellas, integradas por la concepción performativa de Abramović, es una inmersión integral en la belleza, el decoro, la emoción y la magia teatral. El eje central de todo esto es el cuerpo, y todos los demás elementos se articulan alrededor de él y en referencia al mismo.
El espectáculo, de unas tres horas de duración, se divide en once partes: Intro, Tito, Danza del cuchillo, Falluses, Asustando a los dioses, Elke, Boda negra, Alma eslava, Kafana, Masajeando los pechos, y Ancestros. En cada una de ellas, los mitos, las tradiciones ancestrales, y los recuerdos de la infancia se entremezclan con los símbolos de la férrea dictadura yugoeslava y con la presencia del dictador Tito y de Danica Abramović, madre de Marina y directora del Museo de Arte y la Revolución de Belgrado, personificación del rígido conservadurismo de la élite yugoeslava.
En 'Kafana', Marina concede al personaje de su madre una experiencia de redención liberadora que la Danica real nunca conoció.
Balkan Erotic Epic es la culminación de un largo proceso creativo que se ha prolongado durante años, que conocíamos fragmentariamente a través de vídeos y fotografías seminales de algunas de las partes de Balkan. Esta génesis fragmentaria no afectó en absoluto a la coherencia narrativa ni del conjunto ni de las partes. La retórica de Abramović ha sido siempre granítica y sin fisuras, y Balkan es, al fin y al cabo, la culminación y síntesis magistral de toda su carrera.
Cuando decidí viajar a Barcelona para contemplar Balkan, lo hice con una prevención y una curiosidad. Mi prevención respecto a la representación de Balkan en un teatro de ópera a la italiana se disipó a los pocos minutos de iniciado el espectáculo, pues me resultó del todo evidente que Balkan es teatro musical en estado puro y su lugar natural es precisamente un teatro de ópera y el hábil uso de los convencionalismos dramatúrgicos del género encuentra su envoltorio natural en una sala a la italiana. La curiosidad -un poco morbosa- era referida al público del Liceu que, sin demérito de su experiencia y amplio conocimiento de estilos muy diversos, no siente ninguna necesidad de disimular su predilección por lo convencional.
La sala estaba a rebosar de un público que no mostró ninguna señal de inquietud y dedicó una larga y entusiasta ovación a Marina Abramović, los intérpretes y el equipo técnico. Me retrasé en la salida, lo que me proporcionó la ocasión de escuchar numerosos comentarios y todos favorables. Creo que Balkan ha sido el mayor éxito de Abramović en el Gran Teatre del Liceu.
La ópera que ha creado Marina Abramović desafía cualquier tipo de escenografía a lo largo de toda la historia de la ópera. El tecnicismo es sencillamente brutal, el cuerpo de bailarines y performances, más soprano, contratenor. La formación de música balcánica que se desplegaba a lo largo de toda la obra perfectamente imbricada. La dirección no podía ser de otra artista que no fuera Marina Abramović.
Conceptualmente, la artista intenta vender un producto con contenido erótico y para ello buceó en sus costumbres balcánicas para mostrarlas al público, y de paso reconciliarse con esa parte suya propia de los balcanes. Sus cánticos, sus rituales, sus costumbres, y sus ancestras.
Abramović vende un producto erótico que, en primeras palabras de la artista, intenta salir de los márgenes de la pornografía. Usa la palabra, feminismo para hablar de costumbres arcaicas patriarcales que más bien giran en torno a la procreación que a la propia sexualidad desinhibida de las mujeres.
En Balkan Erotic Epic se omite que la responsabilidad de la procreación recaía casi totalmente en la mujer. Si no había hijos el problema era femenino aunque no hubieran pruebas. Como en cualquier sistema patriarcal, el cuerpo de las mujeres estaba hipercontrolado, rituales, restricciones, rezos, tabúes, vigilancia comunitaria.
La fertilidad definía el valor social de la mujer. Una mujer sin hijos podía ser estigmatizada, marginada, o considerada incompleta. Preferencia por hijos varones, continuidad del apellido, herencia y prestigio familiar. El hombre solo aparecía más como portador del linaje que como cuerpo reproductivo vulnerable.
Marina Abramović borra deliberadamente la historia de las mujeres para vender un erotismo infundado más cerca de la pornografía que de la emancipación de la sexualidad de las mujeres.
En ningún momento hay ausencia de poder en la obra de Marina Abramović. El poder siempre está representado de forma solemne e introducido de manera arbitraria en todas las escenas de la obra. La escenografía de los penes gigantes en el escenario cose cualquier resquicio donde pudiera escaparse un hálito de libertad relacionada con el feminismo.
La obra de Abramović incurre en un extractivismo simbólico, toma rituales ligados al control reproductivo femenino, los descontextualiza y los convierte en objetos estéticos y eróticos para el consumo cultural global.
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