Estudios fonográficos

La integral de Nielsen más deseada

Andreu Ripol
Carl Nielsen. Las seis sinfonías Carl Nielsen. Las seis sinfonías © 1975 by EMI
0,0006235

Situémonos a principios de los años ochenta. En aquella ya lejana época, trabajaba yo en una conocida tienda de discos de Barcelona, ocupándome por completo de la sección de música clásica. 

Desde mi posición de cliente importante para los proveedores, conseguí convencer (no sin grandes esfuerzos) a los jefes de ventas y de producto de la casa EMI para que reeditaran, aunque fuera en una tirada limitada, un estuche de ocho discos que ya había aparecido anteriormente en España unos años antes, pero que en ese momento se hallaba descatalogado y era imposible encontrar un solo ejemplar en nuestra ciudad.* 

Tenía un grupo de clientes, la mayoría jóvenes (entre los que me incluyo a mí mismo), esperando con impaciencia adquirir sinfonías de Carl Nielsen, autor de quien, en aquel momento, se podía encontrar en el mercado nacional más música de cámara que orquestal, pues, de esta última, acababa de aparecer una grabación de la Cuarta Sinfonía dirigida por Karajan en Deutsche Grammophone, que sumada a la aparición (intermitente y en cuentagotas) de una extraordinaria Quinta dirigida por Horenstein y de una Segunda de Ole Schmidt, ambas editadas por el sello Unicorn, era lo único a lo que el aficionado podía aspirar y, desde luego, por la indiscutible calidad de ello, se había abierto el apetito de dichos aficionados (¡y de qué manera!), que no habían llegado a tiempo para hacerse con la integral sinfónica que vamos a comentar.

Finalmente se consiguió que el álbum apareciera de nuevo, y con él, la felicidad de aquellos que lo estábamos esperando. Era el álbum que incluía las seis sinfonías, los tres conciertos, y siete piezas sinfónicas cortas que rellenaban los minutos finales de cada disco, algunas hoy bastante populares, como la Obertura Helios, el Andante lamentoso o el Viaje imaginario a las Islas Feroe. Todo ello, con el aliciente de haber sido producido en la Dinamarca natal del autor, e interpretado por la Orquesta Sinfónica de la Radio Danesa, con solistas autóctonos y bajo la dirección de Herbert Blomstedt, un indiscutible apóstol nielseniano, que, sin embargo, no era todavía excesivamente conocido en España en aquella época.

Y si se quiere todavía buscar más beldades al álbum discográfico, podemos añadir que las grabaciones de aquellas sinfonías y conciertos se realizaron en el sistema cuadrafónico, un gran avance tecnológico que se produjo en los años sesenta y setenta, desarrollado por diferentes sellos discográficos, sobre todo alemanes y británicos, que, sin embargo, nunca llegó a triunfar y acabó cayendo por su propio peso, dada la dificultad que suponía ponerlo en práctica en la mayoría de hogares particulares. 

Este sistema de audio proponía colocar cuatro altavoces (en vez de los dos habituales) situados en las cuatro esquinas de la sala de audición, y permitía escuchar la música con mayor amplitud y detalle, aunque sin modificar grandemente el sonido estereofónico habitual. El sistema que utilizaba EMI, denominado SQ Quadraphonic, consistía en que los surcos de los discos portaban cuatro señales codificadas, que se descodificaban mediante un aparato especial y, de este modo, se trasladaban a los amplificadores, y de éstos, a los cuatro altavoces correspondientes. Obviamente, el sistema era compatible con el estéreo normal, pues, de lo contrario, mala jugada se hubiera hecho a la gran mayoría de oyentes que nunca instalaron en su casa el mencionado sistema.

Cuadrafónicos o no, los discos nielsenianos funcionaban la mar de bien en cualquier equipo, con un sonido claro y envolvente, y esto, desde luego, es un detalle más que importante, pero vamos a dejarlo de lado por el momento, para centrarnos en lo que realmente nos interesa, que es la música. 

Y lo primero en que quisiera fijarme no es precisamente en las imponentes sinfonías, sino en otras obras menos ambiciosas pero no por ello poco interesantes y, desde luego, apenas conocidas en aquella época, y me atrevería a decir que tampoco gozan de gran fama en la actualidad. Me estoy refiriendo a los tres conciertos, que nos permiten entrar en tres esferas bien diferentes de la creación nielseniana.

El Concierto para Violín, compuesto entre las sinfonías tercera y cuarta, en la mejor época creativa del autor, se nos presenta como una obra de larga y ambiciosa, de profunda hondura musical, que, a mi modo de ver, poco tiene que envidiar al gran concierto de su contemporáneo Sibelius (la verdad es que nunca he entendido por qué no se ha incluido el concierto del autor danés como acompañante de la obra del finlandés en alguna de las innumerables grabaciones en cd que se han hecho de éste último).

Por su parte, los dos conciertos para instrumentos de viento, pertenecientes ambos a la segunda mitad de los años veinte, última época del compositor, se muestran muy distintos entre sí, casi antagónicos. Al espíritu amable, sencillo, optimista, burlón en algunos momentos, del Concierto para flauta (obra de poco más de quince minutos de duración), se opone el carácter austero y gélido del Concierto para clarinete, un auténtico canto de cisne, con sus sonoridades dispersas y su atmósfera enrarecida casi desde la primera hasta la última nota. Como indica Robert Layton, autor del comentario del libreto que se incluye en el estuche discográfico (por cierto, traducido al castellano por nuestro entrañable y recordado José Luís Pérez de Arteaga), 

si alguna vez ha habido música de otro planeta, ésta ciertamente lo es.

Aunque el descubrimiento de estos atractivos y curiosos conciertos supuso un regalo adicional para los aficionados, está claro que la auténtica joya de la corona de aquel legendario álbum lo constituyeron las seis sinfonías, sin duda, el bloque musical más significativo del autor danés y uno de los más destacados del primer cuarto del siglo XX, junto a los de Sibelius y Glazunov

Las influencias de autores preponderantes se hace evidente en las dos primeras obras, inevitablemente bañadas por el perfume dvorakiano (la Primera) y brahmsiano (la Segunda), mientras que la Sinfonía Inextinguible, aunque ya plenamente poseedora del sólido y particular estilo del autor, deja escapar un saludo mahleriano, especialmente en la apoteósica parte final, rebosante de esperanza y espiritualidad. La Sinfonía Expansiva, por su parte, es una obra muy especial, cargada de contrastes, como el que se produce entre los dos primeros movimientos: el Allegro inicial aparece como un auténtico torrente de energía, enormemente complejo, que atraviesa un amplio pasaje tonal. En contraste, encontramos el Andante Pastorale, tranquilo, idílico, y con un punto misterioso, que se acentúa con la aparición, hacia el final del movimiento, de las voces sin palabras de una soprano y un barítono, que de algún modo, nos trasladan al universo de los Nocturnos de Debussy y del Daphnis y Chloé de Ravel, obra esta última contemporánea de la de nuestro compositor.

A mi modo de ver, las sinfonías más independientes y genuinas son las dos últimas. Nadie puede negar el poderío indiscutible de la Quinta, la más conocida y apreciada de las obras nielsenianas, calificada por Deryck Cooke como 

la más hermosa de las sinfonías del siglo XX. 

Quizás se puede tomar como exagerada la declaración del eminente musicólogo británico, pero lo que no se puede negar es que esta obra representa uno de los puntos culminantes del sinfonismo post-romántico. La violencia desbocada del primer movimiento (comparable a la de La consagración de la primavera de Stravinsky), los brutales redobles del tambor enfrentados a la progresión de la orquesta, han encendido todo tipo de interpretaciones y comentarios. 

La Sexta Sinfonía, por su parte, es quizás la obra orquestal más personal del autor, o quizás convendría mejor decir, la más caprichosa. La propia estructura y denominación de sus cuatro movimientos (Tempo giusto, Humoreske, Proposta seria y Tema con variazioni) así lo testifica, y sencillos experimentos musicales que vamos encontrando a lo largo de la partitura, como el careo entre pequeños instrumentos de percusión al inicio de la obra, la suave ironía latente en muchos momentos, y el carácter placentero que exhibe el último movimiento, justifican el sobrenombre de la obra como “Sinfonía Simple”.

Globalmente, la interpretación de las obras grabadas podría ser calificada con, al menos, un notable alto. Se hace evidente la mano maestra de Blomstedt detrás de todo el tinglado musical, y también cabe destacar la labor de los solistas instrumentales, los tres nórdicos de nombre difícilmente pronunciable, muy entrenados en la música de Nielsen. Desde luego, existen versiones que superan las lecturas de Blomstedt, como las antes mencionadas Cuarta Sinfonía de Karajan, o la conmovedora Quinta Sinfonía de Jascha Horenstein

Existen también notables integrales que se codean con la que hemos comentado, como las de Schmidt, Berglund, Salonen, Rozdestvensky, Schonwandt (por cierto, todas ellas interpretadas con orquestas suecas o danesas), y también una segunda grabación que realizó el propio Blomstedt para el sello Decca en 1990, cuando ejercía como director titular de la Orquesta Sinfónica de San Francisco. 

No es mi intención intrincarme en comparaciones entre distintas interpretaciones, pues como siempre sucede, cada una tiene sus atractivos particulares. La intención de este artículo no es otra que la de rememorar el valor que para muchos aficionados tuvo esta integral nielseniana en una época de escasez de grabaciones, no sólo de este autor, sino de muchos otros.



Notas

Nielsen: Las 6 sinfonías. Los 3 conciertos. Poemas sinfónicos y piezas orquestales. Arve Tellefsen (violín), Frantz Lemsser (flauta), Kjell-Inge Stevennson (clarinete). Orquesta Sinfónica de la Radio Danesa. Herbert Blomstedt (director). Grabaciones de 1975 (EMI Serie Angel SQ Quadraphonic). A lo largo del tiempo, se han realizado varias reediciones en cd, tanto del contenido total del álbum como de contenido parcial en cds dobles e individuales.

Comentarios
Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.
🎂 Mundoclasico.com cumple 30 años el 1 de mayo de 2026

Desde 1996, informamos con independencia sobre música clásica en español.

Para disfrutar plenamente de nuestros contenidos y servicios, regístrate ahora. Solo lleva un minuto y mejora tu experiencia como lector.

🙌 Registrarse ahora