España - Galicia

Un preludio que vale un concierto

Alfredo López-Vivié Palencia
Nelson Goerner
Nelson Goerner © 2026 by Wigmore Hall
A Coruña, viernes, 6 de febrero de 2026.
Palacio de la Ópera. Nelson Goerner, piano. Orquesta Sinfónica de Galicia. Hankyeol Yoon, director. Robert Schumann: Manfred, obertura op. 115; Frédéric Chopin: Concierto para piano nº 2 en Fa menor, op. 21; Johannes Brahms: Sinfonía nº 4 en Mi menor, op. 98. Ocupación: 90%
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Un programa de libro: obertura, concierto con solista, y sinfonía, con tres obras archiconocidas; un pianista de renombre; y un director (sustituto del anunciado Fabien Gabel, aunque respetando el cartel previsto) muy joven, pero que se presenta como flamante premio Karajan del Festival de Salzburgo en 2023 y que ya ha debutado con orquestas importantes en Europa y Norteamérica. ¿Qué podía salir mal? Pues salió mal casi todo.

A la Obertura Manfred de Schumann nunca le he encontrado el tranquillo. Me parece una pieza insulsa y sin contenido, pero nunca se me había hecho aburrida. Esta noche me resultó interminable, porque Hankyeol Yoon (Daegu, Corea del Sur, 1994) le quiso dar una espesura que no tiene y porque arrastró demasiado los tiempos: sobre todo en esa conclusión –que sí es un momento feliz de la escritura de su autor-, que ralentizó hasta el tedio. Justo es decir que la Sinfónica de Galicia obedeció las estrictas órdenes de la batuta, como igualmente es justo referir que el público recibió la interpretación con muy tímidos aplausos.

Tampoco es que el Concierto en fa menor de Chopin figure entre mis obras favoritas. Pero esta noche, sentado en una localidad adecuada para observar el teclado del piano, me he dado cuenta de que la parte solista es endiabladamente difícil: no hay grandes fuegos artificiales, pero el compositor exige del intérprete un trabajo enorme –no tanto de fuerza cuanto de agilidad- y además continuado –hay pocos compases de descanso, exceptuada la introducción de la obra-. 

El mérito de esa revelación se lo debo al veterano pianista argentino Nelson Goerner (San Pedro, 1969), quien ciertamente dio esta noche una lección de agilidad y de concentración. Su toque tiene la potencia suficiente (en esta partitura no hay peligro de que la orquesta tape al solista) y sobre todo una limpieza digna de mención (y sí, alguna semifusa del Maestoso inicial se quedó en el tintero, pero eso no tiene importancia). No obstante, aunque es inteligente no añadir almíbar a Chopin, en mi opinión a la interpretación de  Goerner le faltó un poco de imaginación: el Larghetto salió sereno y poético, pero los otros dos movimientos sonaron muy fríos. Yoon estuvo atento al solista y adaptó el acompañamiento con profesionalidad.

Al público le gustó mucho, y no paró de aplaudir hasta que Goerner anunció su propina: “un preludio de Rachmaninov” (tocó aquél en Re mayor, número 4 del opus 23). Y aquí surgió la magia: cinco maravillosos minutos de ensoñación en las manos de un artista que comprende que el piano de Rachmaninov, además de virtuoso es emocionante, y que ambas cosas han de transmitirse mediante un sonido grande, casi orquestal.

Dicen que Dios aprieta pero no ahoga. No lo sé. Sí sé que Hankyeol Yoon apretó tanto a la orquesta que llegó a ahogar el sonido. Y hacer eso con la Cuarta sinfonía de Brahms es un pecado de lesa batuta. Yoon la interpretó de manera uniforme desde el principio hasta el final, imponiendo a la orquesta un sonido tan fuerte y seco que acabó por dejar sin respiración el discurso (y que conste que no le pongo un pero a la prestación de la OSG, que hizo lo que se le mandaba). Los tiempos justos, eso sí, pero siempre iguales, sin atisbo de flexibilidad. No hubo un momento para tomar aire en un cambio de tema o en una variación de dinámicas.

Es decir, Yoon se cargó el elemento fundamental en el sinfonismo brahmsiano: la tensión. La impresionante conclusión del primer tiempo se construyó como quien construye un muro, sin permitir un momento de emoción; careció de expresividad el famoso episodio en la cuerda tras el tutti contundente del Andante (marcado “molto espressivo” en la partitura); en el Scherzo, por una vez, aceleró el tiempo al final, pero resultó contraproducente (la tensión brahmsiana no se consigue a base de velocidad); y el fraseo en las variaciones del Finale salió invariablemente cuadriculado (qué pena no dar un poco de libertad a la flauta o a los trombones).

A propósito de esta sinfonía, dice Teresa Cascudo en las notas al programa de mano: “En esa condensación se juega también el tipo de emoción que la obra puede contener: menos inmediata, más duradera”. Yoon no consiguió ninguna de las dos (es joven, impetuoso y atrevido –dirigió de memoria-, confiemos en que madure). Para mí la emoción de esta noche, la inmediata y la duradera, estuvo –está aún- solamente en la propina de Goerner. 

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