Recibió el año 2026 el Teatro de la Zarzuela con un atractivo concierto de sabor hispanoamericano en el que tuvimos la oportunidad de disfrutar de tres jóvenes voces emergentes provenientes de dos países del otro lado del Atlántico, todos ellos debutantes en este coliseo: la soprano Zayra Ruiz (representando a México), el barítono Darío Solari, y el tenor Andrés Presno (ambos oriundos de Uruguay), que vienen despuntando y pisando muy fuerte en el terreno del género lírico español.
De alguna manera arropados y apadrinados por la mezzo canaria (nacida en Venezuela) Nancy Fabiola Herrera, habitual y muy querida en este escenario -y que venía de participar a finales de diciembre en el tradicional concierto navideño en tierras tinerfeñas-, los cuatro solistas diseñaron este recital zarzuelístico comandado por el director titular del coliseo, José Miguel Pérez-Sierra, para recibir al año nuevo con una dinámica en la que se alternaban algunas de las páginas más célebres de la zarzuela gestada en España junto a otras de creación autóctona que se presentaban como auténticos descubrimientos para el público aficionado.
De esta forma, se nos presentaron varios ejemplos de un título de ambientación hispanoamericana que describe con realismo el clima y la sonoridad mexicana como es El orgullo de Jalisco de Federico Moreno Torroba, concebida en época de crisis para el género, 1947, una partitura que el oficio del compositor madrileño acerca a los cánones de la comedia musical. Tras el aforístico preludio, de amplias sonoridades y peliculeros sones, Nancy Fabiola Herrera entonó con sentimiento, exhibiendo su temple de gran artista teatral, con entrega en agudos sostenidos, la romanza de Fabiola “Por qué a mí vuelve”. A ella se uniría más tarde en idóneo empaste la firmeza vocal de Solari en el dúo de Cristina y Paco, “Por una tapatía”, de tintes muy tropicales y cadenciosos, para cerrar la primera parte.
Y es que posee el barítono uruguayo un torrente y una proyección que demostró desde su primera salida en la célebre canción de Leonelo de La canción del olvido del maestro Serrano, una elegante y bien timbrada interpretación a la que acompañó de intención en el decir. En la segunda parte, el cantante de Montevideo dio sus mejores bazas en un canto vibrante, emotivo y de enorme nobleza, haciéndola justicia como los grandes barítonos del pasado, a la romanza de Germán “Ya mis horas felices” de La del soto del parral de Soutullo y Vert.
Fueron Zayra Ruiz y Andrés Presno una pareja muy comprometida con una página señera del género, para aportar verosimilitud y empuje vocal y teatral, como es el dúo-jota “No cantes más la Africana” de El dúo de la Africana de Fernández Caballero. La limpieza y brillantez de los agudos de la soprano mexicana, su bonito fraseo –un tanto contaminado del seseo que revela sus orígenes-, así como su frescura en escena, hicieron las delicias del público, hallando por su parte en el tenor de Maldonado un canto de gran nobleza, con una pasmosa seguridad en el registro superior. Fue manifiesta su entrega hasta lo epatante en la romanza de Don Gil “¡Tente!, detén tu alado paso” de Don Gil de Alcalá de Penella, ópera cómica ambientada en Nueva España en el siglo XVIII, despertando una enorme ovación del público. Lástima que un pequeño lapsus con la letra empañara levemente su magnífica prestación de la romanza de Javier “De este apacible rincón de Madrid” de Luisa Fernanda.
Por su parte, la soprano de Michoacán terminó de embriagar al respetable con su atractiva presencia y sus atributos vocales de enorme pegada en la romanza de Rosario “Yo quiero a un hombre” de El cabo primero de Fernández Caballero, cuya ductilidad demostró en los picados de la dificultosa cadencia que prepara el compositor murciano al final de la página. Y como la zarzuela cubana no podía faltar en un recital de estas características, donde lo español y lo hispano se entrelazaban y se daban la mano en un caudal de mutuas influencias, la mexicana recreó en un estilo más ligero y de musical que propiamente lírico y descarnado la famosa romanza “Mulata infeliz” de la zarzuela cubana María la O de Ernesto Lecuona, en parte debido al arreglo orquestal de Sergio Kuhlmann, de cariz más cinematográfico que el original.
El buen hacer de Herrera sacó a la luz las páginas desconocidas: la romanza “Nostalgia angustiosa”, de carácter muy lírico, de Chin Yonk de Zenón Rolón, el nostálgico dúo junto a Presno “Allá en mi barco” de El lobo de mar de Francisco Payá con que comenzó la segunda parte, y la rumba de Cristina de La camagüeyana, un simpático número debido a Eliseo Grenet con el reiterativo estribillo de “¡Popa!” a cargo de los tres jóvenes cantantes que a modo de coro la acompañaban. Antes se lució la canaria lo que pudo, con su desparpajo y variado moldeo de voz, pero sin el apoyo siempre lucido del preceptivo coro, en la salida de Cecilia de Cecilia Valdés de Roig.
La Habanera de Don Gil de Alcalá cantada con sentimiento por los cuatro cantantes llevó al bis, que fue “Las Caleseras de Lavapiés” de El barberillo de Lavapiés de Barbieri, llevado a buen ritmo por el maestro Pérez-Sierra, que supo exprimir todo el colorido y propició el lucimiento de todos los atriles –principalmente maderas y metales- en el Danzón número 2 de Arturo Márquez. Auguramos futuro prometedor para estas voces de allende los mares que están más que listas para pasear muy alto a la zarzuela en España y en el mundo, ya sea en recital o en producciones representadas. Porque es justo y necesario.
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