España - Cantabria

Gabetta y los bávaros de Hrusa

Roberto Blanco
Sol Gabetta
Sol Gabetta © 2025 by Julia Wesely
Santander, sábado, 31 de enero de 2026.
Sala Argenta del Palacio de Festivales de Cantabria. Bedrich Smetana: Obertura de “Las dos viudas”. Edward Elgar: Concierto para violonchelo en mi menor, Op.85. Antonín Dvorak: Sinfonía nº 5 en Fa mayor, Op.75. Sol Gabetta, violonchelo. Bamberger Symphoniker. Jakub Hrusa, director.
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Con la habitual estructura de optar por una obertura y un concierto en la primera parte y una sinfonía en la segunda, la Bamberger Symphoniker y su director titular Jakub Hrusa hicieron escala en la Sala Argenta del Palacio de Festivales de Cantabria junto a la violonchelista Sol Gabetta para mostrar su desempeño con obras de Smetana, Elgar y Dvorak.

La obertura elegida fue la de la ópera Las dos viudas de Bedrich Smetana, que consiste en una sucesión de melodías de la ópera muy bien enhebradas y resueltas con las que orquesta y director dejaron ver el potencial sonoro de la prestigiosa formación bávara, con una cuerda empastada y uniforme de colores cálidos y sin exceso de masa, consiguiendo que la obra discurriese limpiamente, mediante un fraseo vivo y bien articulado, y sin necesidad de gestos grandilocuentes por parte del director.

El universalmente conocido Concierto para violonchelo de Elgar de 1919 plantea muchos desafíos técnicos y emocionales al intérprete. Se percibe que esta partitura tan emotiva fue escrita por un compositor emocionalmente marcado por el horror de la Primera Guerra Mundial. Otro desafío añadido para los intérpretes actuales es también el legado de esa grabación disco y videográfica icónica que dejó para la posteridad la malograda violonchelista Jacqueline du Pré.

Intensa y vibrante fue la versión que nos ofreció la violonchelista argentina Sol Gabetta con los de Bamberg. En el movimiento inicial (Adagio-Moderato) Gabetta dio con la proporción segura de nobleza y melancolía en el glorioso tema principal deliciosamente expuesto. La caracterización de cada sección del segundo movimiento (Lento-Allegro molto) fue también poderosa, contrastando la vitalidad con un profundo sentimiento de ambición y anhelo, que se prolongó aún más en el famoso Adagio que sigue. La cálida y elocuente interpretación de Gabetta y la orquesta en el Finale nos evocó también, por momentos, a una marcha de Pompa y Circunstancia, con los músicos bávaros, bajo la dirección de Hrusa colaborando en la aportación de un característico aire “elgariano” a su interpretación.

Como bis, la argentina ofreció un arreglo, acompañada por la sección de violonchelos de la orquesta, de la segunda de las Piezas en estilo popular op. 102 de Schumann, un Langsam en el que Gabetta cautivó con esa bella sonoridad y expresividad directa y sincera que la caracterizan.

La segunda parte del concierto estuvo dedicada a la Sinfonía nº 5 en Fa mayor op. 75 de Antonín Dvorak, una obra que no suele interpretarse frecuentemente, en la que se aprecian las fuentes populares checas y las formas y desarrollos del Brahms sinfonista. El primer movimiento, Allegro ma non troppo, ya evidenció las características de la Bamberger Symphoniker y de su director: una cuerda densa y con empuje, con logrados diálogos entre viento y madera además de un fraseo pleno de vigor y dinámicas generosas que no alteraron para nada el equilibrio tímbrico.

En el Andante con moto, la cuerda se instituyó como núcleo de la narración, haciéndose también patentes los distintos planos sonoros entre las secciones, y con el metal aportando músculo al conjunto. El bello Scherzo devolvió a los violonchelos a la primera línea, con un Hrusa concertando con auténtica maestría, sosteniendo el equilibrio sonoro con precisa gestualidad y dotando a la línea melódica de un carácter noble y muy expresivo. La vitalidad del brioso Finale fue completamente dvorakiano; aquí el director checo exprimió todo el jugo de esta composición con cuerda, viento, madera y percusión en magnífica conjunción y provocando el entusiasmo del auditorio.

Como propina final hubo más Dvorak: el Allegro de la Suite en la mayor op. 98, que expuesto con brío y brillantez cerró una estupenda noche sinfónica.

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