España - Cataluña

La experiencia de ser todavía joven y brillante

Andreu Ripol
Sir András Schiff
Sir András Schiff © 2025 by Peter Fischli
Barcelona, martes, 24 de febrero de 2026.
Palau de la Música Catalana. András Schiff, piano. Bach: Aria de las Variaciones Goldberg. Capriccio BWV 992. Concierto Italiano BWV 971. Haydn: Andante con variazioni Hob.XVII:6. Mozart: Sonata K.570. Beethoven: Sonata n.º 17 Op. 31-2 “La Tempestad”. Ciclo Palau Piano
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Hace apenas un mes tuve ocasión de presentar en mundoclasico.com una reseña de la actuación del pianista Deszö Ránki, cuando interpretó, acompañado por la OBC, el Concierto para piano Op. 54 de Schumann. Pues bien, hoy tengo el honor de realizar el comentario sobre la actuación de András Schiff, compañero de estudios de Ránki en la famosa Academia Ferenc Liszt de Budapest y que, junto a Zoltán Kocsis y al propio Ranki, vino a encabezar lo que en su momento se denominó “La brillante generación de jóvenes pianistas húngaros”.

Ha pasado mucho tiempo de esto, más de medio de siglo, y las cosas ya no están como en los años setenta, pues, para empezar, Kocsis nos dejó para siempre hace casi una década, mientras que a Ránki y Schiff, aún manteniéndoles el status de brillantes (¡faltaría más!), quizás, por motivos de edad, ya no se les pueda otorgar el de jóvenes. ¿O sí?

András Schiff actuó en solitario el pasado martes día 24 en el Palau de la Música de Barcelona, dentro del prestigioso ciclo Palau Piano, y debo reconocer que, viéndolo tocar, concentrarse, sonreír frente al teclado, poco o nada me hace pensar que, a sus 72 años, y aún a pesar de su carácter tranquilo, casi flemático, no se pueda seguir calificando a este maestro de “joven brillante”, y más aún cuando su talante optimista y extravertido le permite jugar con el público de los conciertos, “escondiendo” su programa musical hasta el último momento y comunicándolo, rodeado de pequeños comentarios tan desenfadados como ilustrativos, en el mismo escenario, en un bonito acto de intercomunicación con el público.

A modo de tarjeta de presentación, Schiff inició el programa musical con la maravillosa Aria de las Variaciones Goldberg, indicándonos, tanto de palabra como frente al teclado, que el Cantor de Leipzig es uno de sus compositores más queridos (por no decir el que más). Así pues, dos obras bachianas, bellísimas ambas y muy diferentes entre sí, surgieron de las experimentadas manos del intérprete húngaro en los minutos iniciales del concierto. Primero sonó el Capriccio en si bemol mayor BWV 992, que un joven Johann Sebastian dedicó a su hermano mayor Johann-Jakob, en la partida de éste a Suecia. Bach puso a la pieza un elocuente título en italiano: Capriccio sopra la lontananza del fratello dilettissimo, y si bien la partitura todavía no perfila el estilo arquitectónico del maestro, está revestida de un delicado y conmovedor sentimiento de tristeza e inquietud.

En cambio, el Concierto italiano es una obra mucho más madura y elaborada. Aunque se constituye en sí misma como un ejercicio sobre (o, si se quiere, un homenaje a) los concerti de Corelli y Vivaldi, brotan en ella el estilo y el procedimiento constructivo del más puro Bach instrumental.

Schiff se encuentra como pez en el agua interpretando esta obra, y a Bach en general, quizás porque es un pianista en extremo nítido y lógico, y en la pureza sonora del Cantor de Leipzig, encuentra un terreno muy propicio para su estilo.

El programa continuó con dos obras de Haydn y Mozart, que mostraron la versatilidad de Schiff y su profundo conocimiento del Clasicismo Vienés. Mientras la Sonata K.570 de Mozart, producto de su época de madurez, se presenta como una obra amable, delicada y profundamente espiritual, el Andante con variaciones de Haydn es una de las páginas más brillantes de su autor, dotada de un espíritu melancólico que culmina con una larga e interesante coda, habiéndose consolidado como una de las obras para teclado más conocidas del compositor, incluso más que cualquiera de sus múltiples sonatas.

Schiff contentó al público con su elegante sobriedad, salpicada (como exige la música de Haydn y Mozart) de momentos sutiles y ocurrentes, y también agradó mucho su interpretación de la Sonata “Tempestad” de Beethoven, una obra que, a mi modo de ver, encaja bien con la pieza de Haydn y quizás no tanto con la volátil sonata mozartiana.

En todo caso, hemos de tener en cuenta el temperamento clásico del intérprete, su fluir tranquilo, alejado de artificios y vehemencias, lo que hace que su Beethoven tienda más al siglo XVIII que al XIX, al Clasicismo que al Romanticismo, lo cual no debe suponer un gran problema, ya que, como sabemos, hay quien considera al Genio de Bonn como el último representante del clasicismo, y hay quien lo califica como el primer romántico, y seguramente ambas cosas son verdad. Quizás el oyente encontró a faltar esos momentos poderosos y exaltados habituales en Beethoven, pero este detalle no resta valor a una interpretación que se centró, sobre todo, en la propia belleza formal de la obra.

Me gustaría finalizar diciendo que la actuación de Schiff me trajo a la memoria dos conciertos excepcionales a los que tuve el placer de asistir hace ya mucho tiempo, más o menos, en ambos casos, a mediados de los años noventa. El primero se celebró en el propio Palau de la Música de Barcelona, a cargo del gran Paul Badura-Skoda (de quien, por cierto, el año que viene se cumplirá el centenario de su nacimiento), quien hizo colocar sobre el escenario al menos tres pianofortes de su colección para interpretar un programa con obras de Haydn y Schubert. 

Recuerdo perfectamente que el pianista vienés se comunicaba con sus instrumentos, les dedicaba guiños y sonrisas antes de elegir el más indicado para interpretar el Andante con variaciones de Haydn o un momento musical de Schubert. Schiff no hizo esto, pero sí me dio la impresión de que al final de cada obra, antes de dirigirse al público, dedicaba un discreto saludo al piano, marcado con una leve reverencia.

El segundo concierto que recordé durante la actuación de Schiff fue el de otro grande, Sviatoslav Richter, en el Auditorio de Sant Cugat del Vallés, donde, bajo la tenue luz de una lamparita como única iluminación en todo el recinto, nos ofreció un programa dedicado a Haydn, Ravel y Prokofiev.

Desde luego, el estilo y forma de interpretar de estos pianistas difiere mucho entre sí, pero veo en común entre ellos la forma íntima con que tres veteranos del teclado plantearon sus conciertos; una intimidad comunicativa, brillante, producto de la sabiduría y de la experiencia, labrada con muchos años de trabajo y dedicación a la música, y que no arrincona ni diluye en absoluto la juventud interior de estos intérpretes, sino que incluso la engrandece.

András Schiff sigue siendo brillante, claro que sí, pero también continúa conservando esa juventud de espíritu que, hace medio siglo, le hizo surgir en el panorama musical como uno de los jóvenes brillantes de su generación. Una juventud y una brillantez reforzadas ahora con la experiencia. Haciendo un poco de malabarismo con las palabras, podríamos decir que, en este concierto, András Schiff nos ha mostrado “la experiencia de ser todavía joven y brillante”. 

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