Parece que fue ayer. Es un latiguillo en estas ocasiones, pero en mi caso va en serio: llegué a Santiago en otoño de 2001 y al poco descubrí que aquí había una orquesta llamada de Galicia con sede en un auditorio de acústica perfecta; el Fidelio que dirigió Antoni en febrero de 2002 fue para mí una revelación, y desde entonces me hice abonado de la orquesta. No fui testigo de sus primeros años con Helmuth , fallecido hace dos semanas y a cuya memoria se dedicó este concierto. Pero sí lo he sido de la excelencia y el refinamiento al que llegó la orquesta con Ros Marbà; de los altibajos en la época de ; y de los más bajos que altos ahora que está al mando Baldur .
Claro que hoy la Real Filharmonía tiene problemas. No entraré en los que haya de puertas adentro, porque eso sucede en cualquier organización, y más en una organización artística, donde las vanidades se exacerban. De puertas afuera –la obsesión por una programación equivocada a base de obras inadecuadas para la plantilla de la orquesta y a base de una sobredosis de músicas actuales de dudosa valía, cuya consecuencia es el desapego del público y el empobrecimiento de la calidad sonora-, el hecho de que el actual director artístico y la actual directora técnica hayan necesitado de un manifiesto en su defensa firmado por diferentes personajes de la cultura –publicado hace un par de meses- es la prueba irrefutable de que haberlos, haylos.
Unos y otros tienen solución: los interiores, acudiendo a las normas y procedimientos en vigor; los exteriores, escuchando sin menospreciar a ese público al que tanto se exhorta (no se olvide que la Real Filharmonía es una institución pública que se paga sobre todo con impuestos, y sólo una ínfima parte en taquilla), y volviendo a cultivar el clasicismo –queda mucho por explorar ahí-. Porque los mimbres instrumentales apenas han variado y la orquesta sigue dando pruebas de su alto nivel cuando ofrece un cartel apropiado y se pone en manos de una batuta competente.
Pero basta de quejas y vamos a la celebración. La sala hasta la bandera (con trampa, porque hoy sí estaban muchas autoridades locales y regionales –no las nacionales, a pesar de éstas son las que ponen el dinero-; y porque el Orfeón Terra a Nosa ocupaba las primeras filas de butacas). El escenario iluminado para la ocasión, con lamparitas en los atriles y con una gran pantalla para proyectar fotografías de la orquesta según discurría el concierto. Una presentadora –la periodista Ainhoa Apestegui- acudiendo a los más obvios lugares comunes, como es de rigor en este tipo de efemérides, pero muy desenvuelta ante el micrófono. Y un repertorio que el público conoció en el momento de recoger el programa de mano. Cartel que, por de pronto, tuvo la virtud de la brevedad: ochenta minutos de una sola tacada.
En el Carnaval de Dvořák, Brönnimann hizo de su capa un sayo dejando sueltos al metal y la percusión y ahogando la cuerda: por supuesto que es una obra ruidosa, y así debe sonar; pero a la orquesta le viene grande. Para dirigir la obertura de Las Bodas de Fígaro se invitó a Paul Daniel –recibido con ovación a ambos lados del escenario-, quien dio una lección de adecuación estilística y dramática, como hombre de teatro que es. Brönnimann estuvo mucho mejor haciendo el primer movimiento –sin la repetición del comienzo del Vivace (Laus Deo)- de la Séptima Sinfonía de Beethoven, con buen pulso y control de los planos sonoros.
En Galicia no se usa la expresión “dar la gaita”, sino que se practica. Que se lo digan a (Santiago de Compostela, 1972), de quien se escuchó “Elas” (Ellas), el tercer movimiento de su concierto para gaita Viúvas (viudas) de vivos e mortos: me gustó su orquestación rica, su ritmo trepidante y su lenguaje cómodo; pero el sonido de este instrumento –más si siempre se da en su registro agudo- me sigue pareciendo insoportable, por muy virtuosamente que Nadia Vázquez lo produjera. También me gustó el “cometa” de (Rianxo, 1992). Según explicó el autor en un vídeo pregrabado, Spin bebe de fuentes antiquísimas de la música en lo que hoy es Turquía. Lo que escuché es una puesta al día –también en lenguaje asequible y con una orquestación transparente- de lo que habría firmado si hubiera vivido diez años más.
Stars es una brevísima pieza de la compositora norteamericana (1882-1964), de ambiente contemplativo y estilo romántico tardío, muy fácil de tocar y de escuchar, cuya ejecución se encomendó al hasta ahora director asistente Sebastian . Y el concierto terminó con una obra de otro compositor norteamericano, de Louis Moreau (1829-1869), que en España se conoce –vaya si se conoce- como el Intermedio de La boda de Luis Alonso de . Y será porque lleva muchos años viviendo en Madrid, pero el caso es que Brönnimann la dio con todo su garbo.
El público aplaudió a rabiar todas las interpretaciones (hoy había que festejar y nada más), así que Brönnimann no se hizo de rogar para tocar el “Aleluya” de El Mesías de Händel: entonces se descubrió por qué figuraba el en el programa, y entonces se puso de manifiesto que el registro más agudo de sus sopranos necesita un repaso a fondo. Luego se encendieron las luces de la sala, y cuando el respetable recogía los bártulos –entre ellos una bolsa de trapo para el pan, cortesía de la orquesta para conmemorar el aniversario- y se marchaba, va Brönnimann y se arranca con el famosísimo Tico-Tico no Fubá de Zequinha de Abreu. Aquí fue Brönnimann quien quedó en evidencia: aquello sonó tan cuadriculado que no hizo falta mirar a la pantalla del escenario para ver pasar las barras de los compases.
A pesar de todos los pesares, sigo creyendo en la Real Filharmonía de Galicia, porque sus músicos son unos magníficos profesionales (felicidades de corazón a todos ellos), porque en mis casi veinticinco años de asistencia a sus conciertos me ha dado muchas más alegrías que disgustos, y porque Santiago debe mantener –no, recuperar- uno de sus mejores tesoros. Estoy seguro de que así será, y ojalá que me dé tiempo a verlo. Mientras tanto continuaré renovando mi abono.
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