Bonito programa el que trajo la Orquesta de la Toscana, como invitada de esta temporada, al Centro Cultural Miguel Delibes de Valladolid. El número reducido de instrumentistas se prestó muy bien a estas obras del primer Romanticismo, gracias esencialmente a la calidad de una cuerda absolutamente cohesionada, las excelentes ideas del director Diego y la convincente labor del solista, Kevin .
Si empezamos por lo último, debe ponerse de relieve la muy especial prestación de Spagnolo, que complementó con extremos movimientos de su cuerpo la labor solista. El Concierto n.º 2 de es un típico caballo de batalla, y Spagnolo hizo toda una creación (casi recreación), ya que reforzó el carácter de todos los pasajes y los contrapuso en una especie de ejercicio expresionista que terminó siendo coherente con el ambiente operístico de la obra. Técnicamente, solo cabe señalar algún problema de legato al principio y cierto descontrol en algunos forti, con una afinación sacrificada a veces en aras del valor contrastante, en el que se dio cabida a innumerables sorpresas. La orquesta tuvo sus momentos de gloria, inteligentemente entresacados por el director, y ofreció una suave alfombra para que el clarinetista pirueteara en su brillante y personal ejercicio.
Las dos obras “menores” de este concierto destacaron como si no lo fueran. La Obertura, scherzo y finale de Schumann ha experimentado un renacimiento que seguramente se merece aunque en ella no se perciba la mayor inspiración temática del autor. No es una obra para triunfar fácilmente, porque la densidad schumaninana y su organización hace que sea difícil disfrutar con pasajes característicos o melódicamente memorables. Por eso tiene especial mérito el de la orquesta y Ceretta, que gracias a un interpretación muy plástica, detalladísima, lograron mantener cierta tensión y, sobre todo, mucho interés.
Con la Obertura en estilo italiano D. 591 (que sustituyó a la inicialmente prevista D. 590) ocurrió lo mismo, con la salvedad de que la mayor fluidez de la obra se presta a cierta libertad en la elección del tempo y de los momentos expresivos; en este caso destacó la graciosa stretta, en la que Schubert intenta imitar a Rossini pero con una organización tonal absolutamente característica de los modos habituales del querido Franz.
El plato fuerte fue la Sinfonía n.º 4 de Mendelssohn, donde se echó en falta en algún momento muy puntual una cuerda más nutrida. Sin embargo, la orquesta sonó tan increíblemente y las ideas de Ceretta fueron tan maravillosas y bien imbricadas en el conjunto que el numeroso público no pudo menos que disfrutar intensamente. Además, el compromiso romántico fue in crescendo, y el final fue brutal, al límite de las posibilidades de la orquesta pero con una planificación simplemente exquisita. En los movimientos centrales destacó el tercero, Con moto moderato, delicadísimo y muy detallado. El director terminó agotado, pero la labor de todos mereció la pena.
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