Bajo el título Reflejo nórdico, la Orquesta de Córdoba presentó un programa de marcado acento nórdico y centroeuropeo, enlazando tres estéticas del siglo XX y destacando básicamente por una cualidad esencial, el asentamiento del color orquestal.
La velada se abrió con el Adagio celeste de Einojuhani Rautavaara, concebido originalmente como parte de su Sinfonía nº7 “Angel of Light” y ofrecido en esta ocasión en versión para cuerdas. Indudablemente se trata de una partitura que, trascendiendo su evidente lirismo, exige homogeneidad tímbrica y control dinámico. Desde los primeros compases, la cuerda de la formación cordobesa exhibió un sonido terso, bien empastado y de vibrato contenido, que permitió sostener la atmósfera contemplativa sin caer en la languidez. Especialmente lograda resultó la progresión central, donde las violas y violonchelos construyen un soporte armónico sobre el que los violines despliegan una hermosa melodía.
El Concierto para viola, obra póstuma de Béla Bartók, fue ofrecido en la versión que completara Tibor Serly y supuso el núcleo dramático del programa. La obra, de lenguaje áspero y ritmo incisivo, no siempre resulta de fácil conexión con el gran público que, sin embargo, abarrotaba la sala, exigiendo del solista tanto introspección como virtuosismo. Ambas cualidades las posee una solvente Isabel Villanueva que destacó en los pasajes de dobles cuerdas del primer movimiento, contrastando hábilmente lirismo y aspereza, o en el cuidado fraseo del elegíaco movimiento central. La violista pamplonesa remató de forma brillante un tercer movimiento con una ágil comunicación con la orquesta, pese a algún ataque deshilachado del conjunto. Como propina, la solista ofreció una página de inconfundible aroma bachiano en el que desplegó una gran dosis de sobriedad estilística y pureza estilística.
La Sinfonía nº1 de Jean Sibelius, obra de 1899 tan en deuda con el romanticismo principalmente ruso como novedosa en sus ya inconfundibles reminiscencias escandinavas, cerró el concierto con una calidad sonora y un brillo particularmente evidente en la cuerda. Sylvain Gasançon ofreció una interpretación convincente más a nivel sonoro que interpretativo y pese a cierta irregularidad en los tempi de determinados pasajes. El célebre solo inicial de clarinete (impresionante control de fiato) sostenido sobre el redoble casi espectral del timbal, precedió a una irrupción de las cuerdas con un sonido amplio e intenso con unos rotundos violonchelos en el lírico segundo tema. El segundo movimiento ofreció probablemente el momento más logrado de la noche: el equilibrado diálogo entre maderas y cuerda y la expansión melódica del gran clímax central evidenció la calidad tímbrica en ascenso del conjunto sinfónico cordobés. Algo que corroboramos en el épico Finale, con una poderosa acumulación hacia el acorde final fue, si bien el cierre dejó una ligera sensación de desajuste por la dispar resonancia.
Con todo, la versión fue impactante y recibida con un aplauso entusiasta que confirma el excelente momento artístico de la orquesta cordobesa.
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