España - Castilla y León

Contento pero cansado

Samuel González Casado
Behzod Abduraimov
Behzod Abduraimov © Evgeny Eutykhov | Fundación Scherzo
Valladolid, viernes, 6 de marzo de 2026.
Centro Cultural Miguel Delibes. Sala Sinfónica Jesús López Cobos. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Vasily Petrenko, director. Behzod Abduraimov, piano. Chaikovski: Francesca de Rímini, op. 32. Serguéi Rajmáninov: Rapsodia sobre un tema de Paganini, op. 43. Serguéi Prokófiev: Sinfonía n.º 5 en si bemol mayor, op. 100: Ocupación: 97 %.
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El concierto n.º 12 de abono e la OSCyL fue extenuante, y no tanto por la duración, sino por la intensidad y densidad de las obras, que obligó al público a sentir cierto tipo de emoción sin descanso: Francesca de Rímini es una obra maestra dificilísima que no sirve como aperitivo de nada (en mi opinión, y desde las costumbres actuales, podría cerrar un programa que contara con un par de poemas sinfónicos en la segunda parte, por ejemplo). Las obras de Chaikovski, Rachmáninov y Prokófiev son bombones con enjundia que pueden hacer que la atención del público se sobrecargue: de la maravillosa sinfonía de Prokófiev cerca de mí escuché “me han sobrado dos movimientos”, y no tan cerca “he hecho escapadas mentales y me costó reincorporarme”. Una justificación puede estar en la inminente interpretación de dos de estas obras en el en Festival Musika Música de Bilbao (claro, en conciertos separados), y seguramente el programa de este concierto fue la mejor solución, lejos de lo ideal, de todas las posibles.

Por esta razón, que por otra parte no deja de ser una impresión desde un modo de escuchar música cada vez más dirigido a la ligereza por el mainstream programador (que tantos factores incluye), creo que no se terminó de aprovechar el potencial de las tres obras respecto al público. En cuanto a la interpretación en sí, no las tenía todas conmigo, sobre todo en lo que respecta a Francesca de Rímini. Pero me equivoqué: a despecho de cierto confusionismo tímbrico en la introducción, se notó un trabajo muy aceptable, que incidía en todo lo que pudiera dar personalidad a la versión, como ciertos marcados en la cuerda, el cuidado en la polifonía y rasgos de fraseo en la parte de la narración de la protagonista que aportaron peculiaridades, a veces más bosquejadas que coloreadas. La brutal y teatral contundencia del final dejó una impresión de sorpresa entre el público, parte del cual probablemente no se esperaba una obra tan absorbente para abrir boca.

La Rapsodia fue magnífica, porque Abduraimov encontró el grado justo de presencia respecto a una orquesta muy rica, como siempre (y más en esta ocasión) exprimida en los aspectos que pueden dejar huella en la memoria del que escucha, esencialmente en tensiones resueltas espectacularmente. La labor creativa del solista, además, aportó muchísima variedad gracias a un fraseo variado, de cuño romántico pero muy estilizado, sin afectación. Huyó de la espectacularidad fácil cuando podría haberse abandonado a ella, y este rasgo colaboró en una una interpretación tan sólida como personal, pensada para que el público disfrutara sin pudor ni interferencias.

Asombra la capacidad de Petrenko y la orquesta para crear una tremenda versión de la Quinta de Prokófiev en un contexto como el que se comenta: como si Francesca no estuviera y no hubiera obligado a nadie a vaciarse. De nuevo, hay rasgos que podrían mejorar, pero fueron todos de índole técnica (entradas, por ejemplo, o algunas volúmenes combinaciones sonoras que no funcionaron del todo). Pero el director tiene las cosas clarísimas en este repertorio, y sabe lo que debe hacer. Además, se mostró especialmente teatral desde el podio, lo que pudo deberse a una inteligente estrategia de querer seguir manteniendo la atención por parte de todos, y por ejemplo consiguió un segundo movimiento increíblemente extrovertido.

Claramente Petrenko se salió de su guion habitual, y mostró algunos aspectos creativos que huían de cualquier rutina, incluso de las que a él le funcionan a la perfección. Fue gracioso que no permitiera los aplausos del público después del primer movimiento, como ocurrió el día del estreno de esta obra maestra, y atacara con increíble rapidez el Allegro, aunque de esta manera se intensificó el contraste y se añadió otro rasgo expresivo. El Adagio necesitó, sin embargo, algo más de variedad que apuntalara la intención de Petrenko de dejar constancia de que es el impulso que genera la obra; deseo compensado con un cuarto movimiento que ejerció de lo que es: un fin de fiesta nada casual, donde todo lo anterior permanece pero se expone con otro punto de vista. 

El público, sin ser avaro, no mostró el entusiasmo que esta interpretación se merecía, probablemente contento pero cansado.

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