La Orquestra Simfónica Julià Carbonell de les Terres de Lleida (OJC) fue fundada en 2002 y en sus primeros veinticinco años de existencia se ha consolidado como una formación sinfónica de calidad que se muestra siempre original y abierta en sus proyectos, a los que suele poner un título que identifica y resume el programa musical. Tiene su sede habitual en el Auditorio Enric Granados de Lleida, aunque también ha actuado en muchas otras salas de concierto, siendo un invitado habitual en los escenarios de l’Auditori y del Palau de la Música de Barcelona.
En la temporada 2025-26, está formación, bajo la batuta de su director titular, Xavier , está ofreciendo una serie de cinco programas sinfónicos bajo el título general Il·lusiona(n)t amb l’OJC, en los que baraja estrenos musicales de autores catalanes con obras del gran repertorio, y también proyectos solidarios y otros dedicados a la formación pedagógica de niños y jóvenes.
El concierto que la OJC ha ofrecido en el Palau de la Música Catalana es, posiblemente, el plato fuerte del ciclo Il·lusiona(n)t. Bajo el título Unidos por el embrujo, se erige como un homenaje a en el 150 aniversario de su nacimiento y pretende moldear el entorno del compositor con obras y autores de distintas generaciones afines a su música, siempre conectando las raíces folclóricas y populares con la música sinfónica.
Para este concierto la orquesta ilerdense ha contado con la colaboración de dos solistas veteranos y plenamente consolidados que actúan por separado en distintos momentos del concierto. Así pues, el pianista Albert asume gran parte del protagonismo interpretando el Concierto para piano y orquesta Op. 78 “Concierto Fantástico” de Albéniz, mientras que, en la parte final, el interés se centra en la famosa cantaora , protagonista de , seguramente, la obra más emblemática de Falla.
El concierto para piano de Albéniz, estrenado en 1888, es una obra de juventud, que pelea por encontrar una inspiración nacionalista que culminará de forma magistral en Iberia, pero que, de momento, no puede competir con el fuego juvenil y las influencias decisivas que obtuvo del Romanticismo tardío, en especial, de Liszt y Saint-Saëns. Estamos, por tanto, mucho más sumergidos en la pasión que en las raíces, todavía lejanas. De hecho, el nombre de Concierto Fantástico ya pone sobre el tapete una idea significativa del estilo y el temperamento de la obra. Se trata de una partitura apasionada, vibrante, repleta de ideas felices todavía en fase de germinación, con una parte solista que ya deja bien claro el poderío pianístico del genio de Camprodón. En muchos momentos despunta con cierta claridad el amanecer de las raíces pero, sobre todo, en los pasajes más sutiles y reflexivos del piano, nuestro autor acaba prefiriendo realizar un año de peregrinaje en el Valle de Obermann o en la Villa d’Este que un paseo entre los olivos mediterráneos o andaluces.
Albert Guinovart nos ofreció una excelente interpretación del concierto, mostrando un virtuosismo inteligente y equilibrado, producto de sus muchos años de dedicación profesional al piano en general, y a la música de Albéniz en particular. Supo subrayar los aspectos más pintorescos de la obra para poder otorgar a la misma su justa dosis nacionalista sin perjudicar el aroma general romántico y apasionado. Esperemos que esta obra, todavía muy desconocida para el amplio público, vaya viéndose más a menudo en las salas de concierto, ya que muestra uno de las caras menos conocidas pero muy interesantes de la creatividad albeniziana.
Por lo que se refiere al Amor Brujo, poco hay que decir sobre esta composición mundialmente famosa, en especial, en su versión como suite para orquesta, acompañada por la voz de una mezzosoprano, o, tal como se nos ofreció en este concierto, de una cantaora flamenca, tal y como lo concibió originalmente el propio Falla, que realizó su primera versión, Gitanería en un acto y dos cuadros, pensando en la cantaora y bailaora Pastora Imperio. El Amor Brujo se constituye en uno de los más efectivos ejemplos de integración de la estética flamenca en la escritura orquestal de influencia impresionista, a mi modo de ver (y, desde luego, no soy el único), una obra maestra absoluta, incluso más que esto, un auténtico milagro de expresividad, poderío musical y fusión de estilos. Aquí sí que estamos, sin ninguna duda, ante la pasión por las raíces, que son, al mismo tiempo, raíces cargadas de pasión.
La actuación vocal de Mayte Martín me parece equiparable a la de Albert Guinovart como pianista. En ella prevaleció ante todo la veteranía y la inteligencia musical, con fuerza y pasión, desde luego, pero sin dejarse llevar por un exceso de acaloramiento al que se puede caer fácilmente en su papel. Tuvimos ante nosotros una Candelas ardiente e impetuosa, pero también con un punto reflexivo muy interesante para el personaje. Debo reconocer que encontré en falta el famoso conjuro de la Gitanería, que Falla eliminó en las versiones posteriores. Me hubiera encantado escuchar a Mayte Martín cantando ese “¡por Satanás! ¡por Barrabás! ¡cabeza de toro! ¡ojos de león!”. Quizás la gran artista barcelonesa nos reserve esta sorpresa para más adelante. ¡Quién sabe!
El concierto se completó con dos obras más contemporáneas, de corta duración pero no por ello faltas de interés ni mucho menos. La suite del ballet Alegrías de , que vio la luz en los años 40, es una obra que tiene muy en cuenta el espíritu nacionalista español, y, quizás por eso, se encuentra bastante alejada del estilo atonal habitual del compositor, que se mantuvo siempre muy vinculado a la Segunda Escuela de Viena. Por su parte, la 'Danza Flamenca', extraída de la Suite Juan Latino, del director Xavier Pagès-Corella, fue compuesta en 2018 y se muestra como un interesante acercamiento vanguardista a la bulería tradicional. Encontramos en la pieza una orquestación brillante y cautivadora, en la que juega un papel crucial la percusión, incluidas las palmas, como si fueran un sonido más del grupo percusionista, pero resaltando, al mismo tiempo, su indiscutible identificación con el flamenco.
Para finalizar, quiero mencionar el buen hacer de la orquesta y su director. Se trata, como he anunciado al inicio del artículo, de una formación creada hace apenas un cuarto de siglo, que ha crecido como la espuma a nivel cualitativo, y sigue en plena proyección. Posee un sonido agradable y equilibrado, y se entiende a la perfección con su director titular, Xavier Pagès-Corella, quien no utilizó batuta para realizar su labor, y ciertamente no le hizo mucha falta, pues de sus grandes manos y de sus dedos largos y huesudos, fluyeron en todo momento expresiones claras, precisas y previsibles, que no dejaron ninguna duda acerca de su gran capacidad como conductor orquestal.
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