Estudios fonográficos

El diamante de Stravinsky

Andreu Ripol
Stravinsky: Renard y Mavra por Ernest Ansermet Stravinsky: Renard y Mavra por Ernest Ansermet © 1965 by Ace of Diamonds
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Una de las colaboraciones más fructíferas e interesantes en la música del siglo XX fue la del compositor Igor Stravinsky y el director de orquesta Ernest Ansermet

Y es que, en la figura de este maestro de la batuta, de aspecto frágil, serio, algo triste, siempre acompañado de su barbita digna de un pensador clásico, el gran creador musical de origen ruso, recién aterrizado en Europa Occidental, encontró a un gran aliado, capaz de comprender y amar su música, rabiosamente innovadora y controvertida para el público del primer cuarto del siglo XX. 

La colaboración entre estos dos hombres, a la que faltaría añadir la de Serguei Diaguilev, otro gran mentor stravinskiano, fue larga y productiva, dejando como testimonio para la historia, una fotografía de 1921, tomada en Nueva York, a la que se unió otro grande de la música rusa del siglo pasado, Sergei Prokofiev.

En la década que abarca los años 1918 y 1929, el director suizo, al frente de la recién nacida Orquesta de la Suisse Romande, estrenó la Historia de un Soldado, Pulcinella, Las Bodas, Renard, y el Capriccio para piano y orquesta, con el propio Stravinsky actuando como solista. 

Sin ninguna duda, Ansermet fue, como ya se ha dicho, un auténtico valedor y divulgador de la música stravinskiana, pero no sólo de ésta, sino también de la de otros autores, como el ya mencionado Prokofiev, Erik Satie, y Manuel de Falla, de quien estrenaría, nada más y nada menos, que El sombrero de tres picos. También colaboró muy estrechamente con los ballets de Diaguilev, trabajando codo a codo con Pablo Picasso y Fiodor Nijinsky. Ansermet fue un defensor del sistema tonal frente a las innovaciones dodecafónicas de Schoenberg y Webern. Esta reivindicación la hizo a partir de la Fenomenología de Husserl y de teorías matemáticas, que le permitieron aplicar los conceptos de “conciencia” e “intersubjetividad” a la interpretación musical, convirtiéndose de algún modo en el precusor de Sergiu Celibidache, quien dio constitución definitiva a lo que se podría denominar “Fenomenología Musical”.

Después de la Segunda Guerra Mundial, Ernest Ansermet y la orquesta que él mismo había fundado tres décadas atrás, la mencionada Suisse Romande, firmaron un contrato con el sello británico Decca, creando una variada discografía que fue creciendo con el paso de los años y que, en los setenta y ochenta, fue reeditada por el propio sello en su seria media, la legendaria Ace of Diamonds (se traduciría como As de Diamantes). 

Me atrevería a decir que Ansermet y la O.S.R. se convirtieron en la estrella principal de esta serie media, donde el aficionado podía encontrar auténticos tesoros sonoros, documentos imperturbables de la calidad de estos intérpretes, desde la maravillosa Novena Sinfonía de Beethoven con un reparto vocal auténticamente internacional formado por Joan Sutherland, Norma Procter, Anton Dermota y Arnold Van Mill (creáme quien no la conoce: una de las versiones más delicadas y sugestivas de esta popularísima obra) y algunas sinfonías de Mozart, hasta los “festivales” de música rusa, varios discos donde se incluían suites operísticas de Rimsky-Korsakov o piezas orquestales de Glinka como principales curiosidades. Todo ello pasando por un gran abánico de música francesa, donde se pueden destacar interpretaciones tan variadas como Les Nuits d’étè de Berlioz y Sheherezade de Ravel con Regine Crespin, el Requiem de Fauré con Suzanne Danco y Gérard Souzay, y las principales obras orquestales de Debussy, Ravel y Bizet, entre otras.

Este sería, a grosso modo, el repertorio principal de Ansermet y su orquesta. Pero fue el repertorio stravinskiano quien mayormente invadió el catálogo de esta curiosa y particular serie media, que en muy pocas ocasiones llegó a publicar en papel el mencionado catálogo. En Ace of Diamonds se editaron grabaciones de los años cincuenta y sesenta de las obras maestras del compositor ruso, como los tres grandes ballets, las obras sinfónicas, y también las piezas más pequeñas y curiosas del autor. Igualmente fueron reeditadas interpretaciones de algunas obras stravinskianas grabadas cuarenta años después de su estreno por los mismos intérpretes que las estrenaron, con un Ansermet manteniendo su pasión y su entusiasmo y también su imperturbable barba de filósofo griego, eso sí, ahora bastante más canosa que en los años veinte.

Se podrían dedicar muchas páginas a hablar de las grabaciones stravinskianas reeditadas en la serie media de Decca, como de la delicada y volátil interpretación de Petrushka, o de una de las más que interesantes lecturas de las variopintas cinco sinfonías, entre las que destacaría, sobre todo, la “más que rusa” interpretación de la primera obra del autor, la Sinfonía Op.1, plenamente sumergida en el torbellino colorístico del que fuera gran compositor y maestro de Stravinsky, Nikolai Rimsky-Korsakov. 

Pero vamos a centrar la última parte de nuestro artículo en el que quizás es el producto más curioso de esta colaboración entre Stravinsky y Ansermet, concretamente, en un disco grabado a principios de los sesenta, y reeditado posteriormente en Ace of Diamonds, que contiene dos piezas teatrales cantadas que forman parte del repertorio menos conocido del compositor.

En mayo de 1922, nuestros intérpretes estrenaron un programa doble stravinskiano formado por la ópera-ballet de carácter burlesco Renard y la que hoy denominaríamos “ópera de bolsillo” Mavra, compuesta por un par de arias, un dúo y un cuarteto, de apenas media hora de duración. Podría decirse que ambas obras pertenecen al llamado “periodo ruso” del autor, pero ya con cierto sabor a lo que sería ese neoclasicismo que marcó época en la música de Stravinsky y que culminó en sus dos grandes composiciones Pulcinella y Apolon Musagete. En las dos obras contenidas en el mencionado disco, especialmente en Mavra, aflora una marcada nostalgia por la patria rusa, esa patria rusa que el autor había abandonado años antes y a la que llegaría a regresar, aunque sólo por unos días, en septiembre de 1962, en un reencuentro con la patria tan breve como triunfal y emotivo.

Existen claras diferencias entre ambas piezas, pues mientras Mavra, aunque cargada de burla e ironía, sigue manteniendo una estructura operística más o menos convencional y un esquema argumental fácilmente inteligible, Renard, calificado por el propio autor como un “cuento burlesco cantado y tocado”, se constituye en una originalidad artística donde las haya, capaz de mezclar el canto con la danza acrobática. Los protagonistas son animales, pues la pieza se basa en una fábula folclórica rusa protagonizada por un zorro, un gallo, un gato y un carnero, y contiene claras alusiones críticas a las costumbres burguesas y, sobre todo, al poder de la iglesia. 

A pesar de que despertó el entusiasmo de una parte del público (entre el que se encontraba un ya veterano Erik Satie), ambas obras pasaron discretamente por los escenarios parisinos, pues el público, por así decirlo, ya se encontraba vacunado contra los escándalos stravinskianos (sobre todo desde los estrenos de El Pájaro de Fuego y La consagración de la primavera) y, consecuentemente, cayeron en el olvido, un olvido del que fueron rescatadas por el propio Ansermet en su grabación discográfica realizada casi cuatro décadas más tarde.

Vale la pena escuchar este disco (o su valedor en cd, o su presencia en plataformas digitales) donde la gracia e ironía de Renard se encuentra exprimida al máximo por este “serio” director que era Ernest Ansermet, quien acentuó al máximo las voces deformadas de los protagonistas y los efectos sonoros extra musicales. Y también recuperar la que probablemente se constituya en la obra escénica de Stravinsky menos escuchada y admirada por el amplio público. En esta Mavra encontramos, amén del buen hacer de orquesta y director, una excelente tarea de las cuatro voces solistas, entre las que cabe destacar la presencia de las contraltos Helen Watts y Monica Sinclair, todavía jóvenes en la época de la grabación, pero ya plenamente valoradas en los escenarios operísticos.   

Las grabaciones de La Orquesta de La Suisse Romande / Ernest Ansermet dedicadas a las obras de Stravinsky fueron reeditadas por Decca en 2001, en un álbum de 8 cds bajo el título Stravinsky: Ballets, obras escénicas y obras orquestales.
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