España - Cataluña

Espléndido Savall

Andreu Ripol
Jordi Savall
Jordi Savall © 2026 by Auditori de Barcelona
Barcelona, domingo, 29 de marzo de 2026.
Auditori de Barcelona. La Capella Nacional de Catalunya. Le Concert des Nations. Elionor Martínez (soprano). Lara Morger (mezzo). Emanuel Tomljenovic (tenor). Ferran Mitjans (tenor). Manuel Walser (barítono). Jordi Savall (director). Ludwig van Beethoven: Cristo en el Monte de los Olivos. Joseph Haydn: Las Siete Últimas Palabras de Cristo en la Cruz.
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Sí, espléndido Savall, atendiendo a los dos significados del término. Espléndido en el sentido de generoso porque ciertamente se nos ha ofrecido un programa doble de larga duración, de aquellos que dejan agotados a los intérpretes, que no a los oyentes. Dos obras de prácticamente una hora de duración cada una, con su enorme complejidad vocal y orquestal. Y espléndido en el sentido de magnífico porque así ha sido, magnífica, la interpretación que nos ha brindado el recientemente galardonado con el Premio Ernst von Siemens de este año, al frente de dos de sus formaciones habituales, que tan bien conoce y tan bien dirige, y de un grupo de solistas vocales jóvenes pero plenamente consolidados, que se han entendido a la perfección con el maestro catalán. Todos juntos han llevado a cabo una lectura coherente, precisa y bien planificada de los oratorios beethoveniano y haydniano.

Quisiera, antes de entrar en los detalles interpretativos, realizar una reivindicación acerca de las dos obras que hemos escuchado en esta velada, y es que verlas programadas me pareció raro, inhabitual. Pero enseguida me di cuenta de que el concierto se iba a celebrar el día de Domingo de Ramos, lo que me ha llevado a la pregunta de por qué estos oratorios, que encajan de lleno en la temática de Semana Santa y pertenecen a dos compositores del más alto nivel y de máxima popularidad, son tan poco conocidos y escasamente programados en fechas tan indicadas, hasta el punto de parecernos raro verlos en cartel. ¿Quizás por el monopolio pascual que, desde siempre, parecen tener adquirido las pasiones de Bach, en especial, la de San Mateo?

Resulta evidente el carácter totalmente diferente, casi opuesto, de ambos oratorios, lo que supone un enorme reto enfrentarlos en una sola tarde de concierto. Dos “pequeños titanes” de la música sacro-vocal, compuestos en circunstancias bien distintas y con un planteamiento estético y formal casi antagónico. Frente al recogimiento, la emoción y el dolor sincero que evoca la música de Haydn, encontramos una partitura, la de Beethoven, cargada de dramatismo, pero con un meollo dramático alejado del misticismo, un drama humano, en el que las voces de los solistas adquieren la mayor parte del protagonismo, incluyendo florituras vocales y momentos de brillantez. Según como se interprete, esta pieza puede parecerse más a una escena operística que a un oratorio propiamente dicho. El origen creativo de ambas obras también resulta del todo diferente. Haydn realizó dos versiones distintas de la obra antes de culminarlo en oratorio vocal; una orquestal, sin voces, y la otra para cuarteto de cuerdas, deliciosa, por cierto. Beethoven, según declaró él mismo, escribió su Cristo a toda prisa, dejándolo concluso en apenas dos semanas.

En el fondo, estas dos obras sinfónico-corales reflejan lo que sería a grandes trazos la personalidad musical de ambos compositores. En Beethoven siempre hay drama, conflicto; sabemos que en toda su obra aflora una lucha titánica, un drama cosmológico. En Haydn se vislumbra el cosmos en sí mismo, sin drama ni conflicto. La música de Haydn (como la de Schubert y Bruckner) muestra nostalgia por el paraíso perdido, busca la perfección absoluta, la belleza inalcanzable. Y esta cuestión, esta diferencia de base entre ambos compositores la tiene perfectamente asumida el maestro Savall, que la puso sobre el tapete en su interpretación de los oratorios.

En la interpretación del Cristo beethoveniano se ahondó en el perfil psicológico de los personajes (en especial, Jesús y Pedro), en su drama humano, más aquí del más allá. No en vano, siempre ha circulado el comentario de que esta obra posiblemente refleja el propio drama de su autor. El tormento, la angustia y, finalmente, la aceptación del propio destino del Hijo de Dios pueden tener su paralelismo con la vivencia de un Beethoven que, poco antes de lanzarse a la galopante composición del oratorio, había confesado sentimientos semejantes al detectar el inicio de la sordera que acabó por aislarle casi completamente del mundo. Además, en la lectura clara y delicada de Savall, pudimos apreciar muchos detalles de influencia mozartiana y haendeliana que, en interpretaciones en exceso orientadas hacia la brillantez “operística”, se nos hubieran escapado.

Por su parte, Las Siete Palabras de Haydn, tal como debe ser, sonaron muy diferentes. En todo momento se buscó la unidad absoluta de sus partes, su todo como un todo hacia el infinito, hacia la perfección estética, pero también hacia la perfección humana a través de la compasión y la reflexión espiritual. Para lograr este objetivo, Savall contó con la ayuda impagable de los cuatro solistas vocales (en esta obra actuó el tenor catalán Ferran Mitjans en lugar de Emanuel Tomljenovic, el Cristo en la obra de Beethoven), quienes formaron una unidad indivisible, siempre complementándose entre sí. Y, desde luego, otra herramienta providencial para el éxito haydniano fue la presencia del coro La Capella Nacional de Catalunya, preparado por el inagotable Lluís Vilamajó, que mostró un nivel admirable en una obra que exige lo indecible (y más) al conjunto vocal.

La sala de l’Auditori registró una presencia de público de poco más de la mitad del aforo: lleno en la platea, el anfiteatro y los laterales, pero el segundo piso se mantuvo vacío y cerrado al público, como ya ha sucedido en otros conciertos en los que, desgraciadamente, no se ha cubierto buena parte del aforo. 

Eso sí, el público asistente, que mantuvo un silencio sepulcral durante la ejecución musical, aplaudió a raudales a todos los integrantes, en especial, a la soprano Elionor Martínez y al tenor Emanuel Tomljenovic, que tuvieron en sus manos los dos roles más destacados en el oratorio de Beethoven. 

Pero si tengo que fijar en mi memoria una imagen del concierto, me quedo con la de un Jordi Savall, que a punto de celebrar su ochenta y cinco cumpleaños, se mantuvo firme y seguro durante las dos horas de labor frente al coro y la orquesta. Siempre sobrio y tranquilo, con su peculiar aspecto de pensador o incluso de profeta. Larga vida al maestro y que sigamos viéndolo todavía mucho tiempo sobre los escenarios.   

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