Bajo el título “Guiar el camino”, la Orquesta de Córdoba abordó un programa de sugerente arco clásico bajo la dirección de Iván Martín, que en esta ocasión también asumió la labor como solista frente al piano. La velada transitó entre los albores del clasicismo galante y la afirmación del lenguaje beethoveniano, y halló en el pianista un intérprete de gran solidez y convicción, por encima de sus capacidades como director, aspecto este en el que Martín dejó sensaciones encontradas.
El concierto se abrió con la elegante claridad formal de la obertura de Amadís de Gaula de Johann Christian Bach, figura clave en la transición hacia el Clasicismo y decisiva en la formación del joven Mozart. Tratándose de una pieza ligera y eminentemente teatral, su lectura exige transparencia y un fraseo ágil. En esta ocasión, Iván Martín ofreció una versión correcta en su conjunto, con una cuerda bien articulada en los pasajes iniciales y una notable vivacidad en los contrastes dinámicos, aunque sin terminar de perfilar del todo la finura de sus inflexiones ni la gracia vitalista inherente a este repertorio.
El Concierto para piano nº13 de Wolfgang Amadeus Mozart, perteneciente al luminoso ciclo vienés de 1782 y 1783, permitió apreciar con mayor claridad las virtudes de Iván Martín como solista. En el primer movimiento, de carácter dialogante, destacó la limpieza de articulación en los pasajes de figuración rápida, así como un fraseo natural en la exposición de los temas. En el Andante, de hermoso carácter cantabile, mostró un lirismo contenido y elegante, sin excesos expresivos. Pero fue en el tercer movimiento, un Allegro de carácter juguetón, donde el pianista brilló con especial intensidad: lanzado en tempo, pero siempre preciso, logró un equilibrio admirable entre virtuosismo y musicalidad, especialmente en los pasajes de escalas ascendentes y en los diálogos con la madera, resueltos con un fraseo ágil y vivaz.
La segunda parte se abría con la obertura Egmont de Ludwig van Beethoven, obra célebre por su fuerte carga dramática inspirada en el héroe de Johann Wolfgang von Goethe. Aquí comenzaron a evidenciarse con mayor claridad las limitaciones de la dirección. La introducción lenta careció de la densidad trágica necesaria, con un pulso errático en una lectura un tanto vacía hasta la llegada del soberbio finale, donde por fin se alcanzó una mayor cohesión y brillantez sonora.
El Concierto para piano nº1, también de Beethoven, es una obra que, pese a su filiación mozartiana, se encuentra ya ciertamente desbordada por un impulso expresivo más ambicioso. Con ella volvió el protagonismo de Iván Martín al piano, nuevamente superior a su faceta como director. Desde el Allegro con brio inicial, la pulsación incisiva y los tempi ágiles pero naturales marcaron una interpretación de gran coherencia. El movimiento central de lirismo contenido condujo al Rondó final de gran arrojo, donde el pianista canario evidenció su solvencia técnica combinando energía y delicadeza en los pasajes de octavas y en los diálogos con la orquesta.
La cálida reacción del público llevó al intérprete a ofrecer como bis una delicada transcripción para piano del Adagio de la Tocata, Adagio y Fuga en Do Mayor BWV 564 de Johann Sebastian Bach de gran belleza con el que puso el broche de oro a una velada redonda en su esencia pianística.
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