Un querido y circunstancial vecino de localidad, avezado conocedor, sin duda, de la obra que escuchábamos se llevó, pese a ello, un buen sobresalto al sonar el fortisimo (golpe de platillos incluido) con que empieza el pasaje final del cuarto movimiento del Concierto para piano nº 2 de Procofiev. Este incidente me hizo reflexionar sobre las emociones producidas por los sonidos, y las variaciones del umbral de tolerancia de cada cual en función de su estado emotivo y de las circunstancias que en cada momento nos toca vivir, trayéndome el recuerdo de una experiencia vivida muy intensamente.Fue a principios de los setenta, no recuerdo muy bien el año, pero sí que siete u ocho antes se había celebrado en España lo que se dio en llamar Veinticinco Años de Paz. Desde luego, no hace falta tener una gran memoria para recordar el día: Primero de…
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