Si Orlando hubiera tenido la oportunidad de entablar conversación con el corazón del bolero que popularizó Machín, casi con toda probabilidad habría tenido que escuchar: pues mira, yo amo a dos mujeres a la vez y no estoy loco. A lo que seguramente el caballeresco héroe tendría que haber replicado: ya, majo, pero es que tú eres correspondido por ambas, mientras que la que yo quiero se ha ido con otro. ¿Y quién no cree que entonces el del bolero empatizaría con Orlando? ¿Alguien se imagina a ese corazón bígamo razonando: mira, lo tuyo ni es amor, sino misoginia estructural y masculinidad tóxica, ni es locura, sino una etiqueta social para castigar a la mujer que quiere vivir libremente su amor? Va a ser que no. Así que Orlando se volvería reforzado a ese mundo de fatalidades trágicas, de enajenaciones causadas por las flechas de Cupido, de pasiones irracionales, de intervenciones mágicas, de locus amoenus y de una excelente música.
Marc Minkowski, bígamo de aquella manera, reparte su amor entre esa música y el público valenciano. El idilio, en lo que nos concierne como equipo local, se ha extendido durante el mes de marzo, primero con las inolvidables representaciones de Giulio Cesare in Egitto y ahora con este Orlando en concierto y frente a Les Musiciens du Louvre. La treintena de atriles, que empastan y contrastan, sigue con precisión los deseos de Minkowski en volúmenes, tempo, articulaciones y fraseos. Los instrumentistas sostienen, expresan y colorean las arias y alientan los recitativos acompañados. Se rigen por un criterio unívoco, pero no deja uno de sorprenderse por la calidad y versatilidad de las individualidades.
Las voces, por su parte, atienden a diversas escuelas. El conjunto de solistas es sobresaliente, eso sí, evidenciando técnicas distintas, que vienen a ilustrar la dificultad de aplicar las pautas del Movimiento Históricamente Informado a las voces. Y eso en el caso de que pretendamos sostener la suposición de que tales principios se aplicaban uniformemente al canto del Barroco Tardío.
Recalemos, por ejemplo, en las diferencias entre el Orlando encarnado por Aude Extrémo y la Angelica de Ana Maria Labin. La mezzo francesa, con profundidades de contralto, posee un sonido oscuro, espeso y tirando a mate, pero, paradójicamente, al mismo tiempo claro (una claridad que viene servida por su milimétrica precisión). Voz potente, ataque sólido, metralleta (con alma) de persuadir. Apoyo compacto, laringe estable, proyección con amplio recorrido, mandíbula suelta y resonadores en la máscara. Mientras, la soprano rumana, con una apertura vocal muy restringida, hace gala de un canto muy poco llevado a los resonadores faciales. Su voz viaja menos, el caudal es más contenido, el ataque, más suave. El director ha de contener en mayor medida a la masa orquestal para que Labin, casi camerística, resuelva con buen gusto y gran expresividad su parte. Redondez a cambio de proyección.
Más físicamente menuda, Alina Wunderlin, cuenta con ese instrumento que, siendo ligero, llena. Su Dorinda resulta encantadora por gracia, intención, soltura y concreción. Con ella volvemos, bien que con muy diferente timbre del de Extrémo, al canto que busca el resonar en la máscara y que, con brillo, se apodera de la sala.
Y, puede que no por casualidad, con Yuriy Mynenko, limpio y muy expresivo, volvemos al cantante exquisitamente contenido. Debió de ser una elección estilística, tanto por el propio carácter de su personaje, Medoro, como por la dificultad de competir con el chorro canoro de Extrémo. En cualquier caso, el contratenor ucraniano tiene no solo potencia sino una carnosidad que se evidencia incluso en unos agudos nada ahogados. Su manejo del fiato se trasluce en un equilibrio de la línea de canto bella y sugerente.
Por último, Edward Jowle es un Zoroastro sin subwoofer que, no obstante, compensa esa falta de rotundidad en lo cavernoso con una elegancia en el decir muy efectiva. Su canto, además, es homogéneo, ágil, puro, netamente emitido. Cada cual hace magia como puede.
Y la magia se acabó entre atronadores aplausos desde una sala no del todo completa. Tocaba volver al mundo real, ese de los Marte de hoy, cuyos amores aparecen en una lista que no es precisamente la de Leporello, y a los que si consideramos locos es que estamos para encerrar. ¡Zoroastro nos asista!
Desde 1996, informamos con independencia sobre música clásica en español.
Para disfrutar plenamente de nuestros contenidos y servicios, regístrate ahora. Solo lleva un minuto y mejora tu experiencia como lector.
🙌 Registrarse ahora
Comentarios