Tras la memorable recuperación de Margot de Joaquín Turina el pasado mes de enero, este concierto se presentaba como uno de los grandes hitos de la temporada de la Orquesta de Córdoba. La inclusión de la Sinfonía nº 9 de Gustav Mahler constituía, además, un acontecimiento histórico para la ciudad, al abordarse por primera vez de forma íntegra, lo que justificaba una expectación acorde tanto a su monumentalidad como a sus extraordinarias exigencias.
La edición de Ian Farrington, originalmente concebida para una orquesta de cámara muy reducida, fue aquí ampliada y adaptada a la plantilla cordobesa, dando lugar a una versión situada en un interesante punto intermedio entre la densidad de la orquestación original y la austeridad camerística. Este planteamiento permitió, al menos en teoría, preservar la claridad de la textura sin renunciar al peso expresivo y a la complejidad de la obra.
Ciertamente, Mahler concibió la Novena con un enfoque extremadamente horizontal, en el que los temas se entrelazan, las dinámicas cambian de manera abrupta y cada textura exige una atención minuciosa por parte de los músicos. De todo ello dio buena cuenta Salvador Vázquez en la charla previa al concierto, al subrayar que esta sinfonía obliga a salir de la zona de confort en la programación habitual del conjunto sinfónico cordobés, especialmente por la dificultad que entraña la coordinación, el control de los contrastes extremos entre pianissimi y fortissimi, así como la construcción de los crescendi y la reiteración casi obsesiva de ciertos elementos motívicos.
Bajo la batuta del director malagueño la orquesta evidenció un progreso ascendente notable a lo largo de esta última temporada. La cohesión del sonido, la claridad de los planos y la expresividad dinámica fueron especialmente perceptibles en esta Novena, mostrando la madurez adquirida por la formación y los resultados de un trabajo bien hecho, sostenido y sistemático.
La lectura alcanzó un convincente equilibrio entre la fidelidad al espíritu de la obra y su inteligibilidad casi didáctica. De esta forma, la sinfonía fluyó con una interesante unidad hasta desembocar en el intenso y sublime finale, sin errores de consideración salvo algún inevitable emborronamiento en los tutti y puntuales caídas de tensión.
Las cuerdas destacaron especialmente (incisivo sonido en el arranque del segundo movimiento, de carácter genuinamente burlesco, y denso en el último, donde su ductilidad permitió cincelar con precisión su inagotable intensidad emocional) al igual que unos sólidos solistas del viento metal -trompa, trompeta y trombón- indudablemente más expuestos que en otras ocasiones.
Pese a la inoportuna interrupción de un par de toses que restaron algo de concentración en las etéreas frases finales, el concierto concluyó con un público que, puesto en pie, aclamó de forma entusiasta a los músicos ante la superación de este desafío mahleriano.
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