Sin lugar a dudas, Benjamin Britten fue uno de los mayores embajadores del universo infantil. Al margen de sus obras específicamente orientadas a la infancia, como los ciclos corales navideños A ceremony of Carols o A boy was born los niños aparecen de una forma u otra en sus creaciones operísticas. Peter Grimes, The turn of the screw, y por supuesto A Midsummer Night’s Dream, donde la magia de ese cuento de hadas que es la comedia teatral de Shakespeare se asocia al coro de niños, aunque la trama se centre en el enredo amoroso del cuarteto de amantes por los efectos de la venganza del rey de los elfos Oberón hacia la reina de las hadas Titania (Tytania en la propia grafía del compositor británico) por medio de enajenante savia arbórea, un sucedáneo del filtro de amor que inmortalizaría Wagner como motor e impulso del drama en su conversión operística del mito céltico de Tristán e Isolda.
Una discordia amorosa la de este Sueño de una noche de verano resultante precisamente de lo onírico y provocada, apelando de nuevo al mundo infantil, por los celos del soberano hacia el infante que su amada la reina posee como siervo. Ese es el trasfondo, el ambiente nocturnal y onírico, sobre el que se sustenta la dramaturgia rediseñada al alimón, podando hasta lo esencial, el versionadísimo original shakesperiano, por Britten y su pareja Peter Pears, como demuestra la amplia correspondencia del autor del War Requiem que Luis Suñén desgrana con detalle en sus notas al programa.
Y ese es el escenario que circunda los desencuentros y equívocos de Hermia y Lysander, de Helena y Demetrius, con la irrupción, en aquel marco ideal y casi sagrado, de la troupe de rústicos que propiciará -nuevo efecto herbívoro mediante- el contacto antinatural -que no contaminación- entre seres fantásticos y seres humanos, y cuyo efecto más ridículo y provocador, aunque poetizado con esmero por la pareja de creadores, es el enamoramiento de Tytania del viejo Bottom.
Bien sabe todo esto Deborah Warner, que en su nueva colaboración con el maestro Ivor Bolton culmina una antológica trilogía britteniana (tras sus precedentes y exitosas Billy Budd y Peter Grimes) en el Teatro Real, coliseo que tras estrenar este título hace dos décadas lo pone en escena por segunda vez en esta fascinante coproducción entre Madrid, Londres y Florencia, y que demuestra una vez más el estado de gracia de ambos directores.
Y es que Warner hace ser protagonistas de la trama a los niños ya desde antes de apagarse las luces de la sala, pues un buen número de ellos aparecen por debajo del telón como travieso séquito de la corte de Tytania, una luminosidad además la que llevan los infantes en su mágica indumentaria, simulando ser luciérnagas.
Christof Hetzer crea el marco ideal en su escenografía reducida a lo esencial, sobria y desnuda, oscura e inhóspita, que solo necesita de un árbol invertido al que dota de sutiles movimientos hacia arriba y hacia abajo -¿metáfora del sueño, fantasmagoría, reflejo de lo que vemos con los ojos antes de que el cerebro lo invierta?- así como unos pocos arbustos para simular el bosque encantado, con la hamaca curva sobre la que en el acto segundo una fascinada reina obsequiará junto a sus infantes al Bottom con orejas de burro, malhumorado líder aquí de obreros urbanos ataviados con chalecos reflectantes.
La inclinada plataforma central, un elemento esencial y omnipresente durante toda la función, es el espacio para ellos, los rústicos, así como para los seres fantásticos en su gran escena de pleitesía al asno. Y las alturas, en forma de pértigas circenses dentro de un irreal chapiteau, es el terreno natural del siervo Puck, desdoblado en acróbata y actor, un dinamismo aéreo que contribuye a incrementar el componente mágico.
La iluminación de Urs Schönebaum consigue adentrar al espectador en el terreno onírico que acerca esta ópera al psicoanálisis, ese sueño que arrastra a los humanos y que Warner, que sabe dotar de alma a sus personajes, revive con pasiones encendidas, como en la discusión entre las dos parejas, siendo Helena el motivo de disputa amorosa entre los dos hombres, con el añadido de los celos de Hermia.
Asimismo, el componente de teatro dentro del teatro que la ópera adquiere en su tercer acto, con la representación de la absurda obra teatral de tintes tragicómicos por parte del grupo de Bottom ante los reyes Theseus e Hyppolita, está resuelto de forma eficaz, dotando a la escena del burdo y tosco carácter de unos trabajadores que se toman muy en serio su labor de actores, pero que son incapaces de ocultar su sentido del ridículo con una historia amorosa que divierte a los soberanos y las dos parejas reconciliadas. Los bufones agasajando a los poderosos a la manera de las comedias teatrales del siglo XVII.
En este punto, y antes de aludir a los protagonistas, todos ellos de gran dificultad en una ópera más recitada que cantada, hay que alabar la prestación canora y teatral del bajo Clive Bayley dando vida a un fabuloso Bottom. Es la suya toda una actuación de bajo cantante, con la socarronería propia de un Sir John Falstaff verdiano al erigirse como líder de los obreros en una rudeza vocal y un parlato de gran contundencia, que devendrá en bufonería en su monólogo al descubrirse solo y con orejas de asno, un componente cómico que lucirá asimismo en la escena de la obra teatral, que comparte con sus compañeros, todos espléndidos en esta faceta.
Las dos parejas realizan un espléndido desempeño en sus entradas y salidas por el escenario, destacando la belleza vocal y el canto de gran finura de la soprano Jacquelyn Wagner como Helena, así como la rotundidad de la mezzo Simone McIntosh como Hermia, con desempeños masculinos de gran solvencia y credibilidad en el tenor Sam Furness dando vida a Lysander y el barítono Jacques Imbrailo encarnando al fogoso Demetrius.
Pero quizá el mayor grado de embeleso lo hallamos en la pureza vocal de la soprano Liv Redpath en el papel de Tytania, con unas hermosísimas frases al principio y al final de la ópera, así como en sus dulces intervenciones en su escena junto a Bottom y las ninfas en el acto segundo, que contrastan con la aspereza del hombre-asno.
Al lado del de Tytania hay que alabar el siempre mesurado canto del contratenor británico Iestyn Davies como Oberon, la joya de la corona de toda la ópera, con su registro de contralto a media voz y su tono confidente en los mini monólogos urdiendo la lección hacia su esposa, todo un lujo de cantante que sigue muy dignamente la estela de los grandes de su cuerda que inmortalizaron el misterioso personaje, y que parte desde el mítico Alfred Deller, quien lo estrenó el 11 de junio de 1960 en Aldebourgh, en el festival que con tanto tesón Britten consiguió establecer para mayor gloria de su arte y de toda la música inglesa.
Como el esfuerzo que Ana González ha empleado para lograr de sus Pequeños Cantores de la ORCAM el empaste y la entonación perfectos en comunión con los actores del coro y chiquicoro, trasladándonos a una noche de verano bucólica que gracias a la magistral urdimbre orquestal britteniana en las manos del maestro Ivor Bolton, un sabio tejedor de ambientes y sonoridades puramente mágicas, como la que por medio de glissandi atraviesa todo el acto primero, y gracias a la sonoridad arpegiada de instrumentos como la celesta en combinación con el arcaicismo del clave que sumen al espectador en las brumas de la pura ensoñación.
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