España - Galicia

A buen viento mucha vela, pero poca tela

Paul Daniel
Paul Daniel © RFG
Santiago de Compostela, jueves, 23 de abril de 2026.
Auditorio de Galicia. Real Filharmonía de Galicia. Paul Daniel, director. Gabriel Erkoreka: Alalá; Benjamin Britten: Cuatro interludios marinos de la ópera Peter Grimes, op. 33A; Fernando Buide: Mar ao Norde; Jean Sibelius: Sinfonía nº 3 en Do mayor, op. 52. Ocupación: 90%
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Para los que no sean de puerto de mar: el viejo refrán que da título a esta reseña significa que, en condiciones favorables de viento, es preferible desplegar muchas velas pequeñas antes que una grande para minimizar los contratiempos si de pronto el viento rola. Viene esto a cuento de que el concierto de esta noche se llama Mares de historias, visto que dos de las cuatro obras en cartel presentan trasfondo marino.

El caso es que Santiago de Compostela no tiene puerto de mar y Paul Daniel no nació en ninguno de ellos; y sin embargo no tengo la menor duda de que este concierto será el mejor de la actual temporada de la Real Filharmonía de Galicia. 

Porque Daniel supo aprovechar el buen viento que le dio la calurosa bienvenida del público -que, hoy sí, llenaba la sala-, y supo desplegar todas las velas de una orquesta que conoce bien,  y de un programa en el que se mueve -nunca mejor dicho- como pez en el agua.

El “cometa” de esta noche correspondió al compositor vasco Gabriel Erkoreka (Bilbao, 1969), de quien se estrenó Alalá (“Canto popular gallego lento y melismático que termina frecuentemente con ‘ailalala, ailalala’ o letras vacías semejantes”, definición del Diccionario de la Real Academia Galega). Según el autor, con esta pieza quiere homenajear a la rama gallega de su familia. Y a fe que lo hizo, porque la cosa está llena de “letras vacías”, representadas a través del continuo soplido de los instrumentos de metal.

Los Cuatro interludios marinos de Peter Grimes es uno de los mejores ejemplos del lenguaje único y originalísimo de Benjamin Britten. Daniel, que se ha pasado casi toda la vida en el teatro, disfrutó y nos hizo disfrutar con una interpretación que desplegó todas las velas de la Real Filharmonía: desde el inquietante amanecer -con alguna dureza en los violines, aunque me temo que eso es casi inevitable a la vista de la exigencia de la partitura- hasta el delirio sonoro de la tormenta final, la orquesta sonó a la vez grande y transparente.

Daniel consiguió que la cuerda se escuchase empastada, que las maderas atravesasen con facilidad el tapiz sonoro, y que el metal se expandiese con tanta rotundidad como redondez, pero sin tapar al resto (he ahí la “poca tela”). Y en el envolvente interludio a la luz de la luna Daniel demostró, por si hiciera falta, que Britten fue el alumno más aventajado de Richard Strauss (sin ir más lejos, recuérdese que el bávaro firmó la música “lunar” más bella en su ópera Capriccio, estrenada sólo tres años antes que Grimes), gracias a la impecable intervención de la sección de violonchelos de la orquesta.

La misma sección de violonchelos es la protagonista de Mar ao Norde, obra de Fernando Buide (Santiago, 1980) estrenada en 2014 por los mismos intérpretes de esta noche, e inspirada en el poemario homónimo del gran Álvaro Cunqueiro. Autor y director han colaborado en muchas ocasiones, y siempre han puesto de manifiesto su mutuo entendimiento. 

Hoy no iba a ser la excepción: el lenguaje de Buide no desborda en radicalidad y con un poco de esfuerzo se hace accesible al público (la obra alterna pasajes contemplativos y otros movidos, todos orquestados inteligentemente); y así lo transmitió Daniel, destacando además el sutil juego tímbrico de la percusión.

Como buen británico, Daniel es un buen sibeliano. Algunos recuerdos -unos buenos, otros no tanto- dejó de ello durante su etapa como titular de la Real Filharmonía. Hoy regaló uno de los mejores con su interpretación la Tercera Sinfonía, empezando porque esta obra -a diferencia de casi todas sus seis hermanas- sí se adapta a la plantilla ordinaria de la orquesta, por cuanto aquí el espesor sonoro -que en Sibelius siempre está en la cuerda- es mucho menor.

Lo cual no quiere decir que no lo haya, ni que Daniel no supiese expresarlo, particularmente en las conclusiones del primer y tercer movimientos, respiradas con amplitud. Fue una satisfacción comprobar cómo Daniel fue construyendo con paciencia -es decir, con silencios elocuentes- todas y cada una de las cumbres de esta obra, de nuevo gracias a un metal en estado de gracia (el cuarteto de trompas es uno de los lujos de la Real Filharmonía), y a una timbalería que comprendió que Sibelius le otorga el papel fundamental de “bajo continuo”.

Quizás lo más difícil en esta obra es el movimiento intermedio, que repite una y otra vez el mismo tema; y aquí el truco está en el mantenimiento del pulso que casi siempre recae en el pizzicato de la cuerda: Daniel dio con la tecla (visualmente, eso se nota cuando se lleva la mano izquierda a la espalda y se limita a dar entradas con la batuta y con la mirada, consciente de que no ha de entorpecer con gestos inútiles el discurso que ya ha logrado), de modo que el “quasi allegretto” transcurrió como un suspiro.

Como sucede cada vez que la Real Filharmonía demuestra de lo mucho que es capaz cuando tiene un buen maestro al frente, el público reacciona primero con una atenta escucha silente y después con aplausos rabiosos. Igual que la orquesta reacciona tocando con entrega y entusiasmo y después sumándose a la ovación del respetable.   

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