Coincidiendo con el 175 aniversario de su estreno (Madrid: Teatro del Circo, 6 de octubre de 1851), el Teatro de la Zarzuela ha estrenado una nueva producción de Jugar con fuego con una dirección escénica de Marina Bollaín y una nueva edición práctica de la partitura producida por la SGAE, destinada a suplir las graves deficiencias de la autodenominada "edición crítica" (María Encina Cortizo y Ramón Sobrino, editores críticos) publicada por el ICCMU en 1997.
Jugar con fuego, zarzuela en tres actos, es un vodevil con un libreto de Ventura de la Vega (1807-1865) que transpone a Madrid la comedia Madame d'Egmont, ou sont-elles deux? (1833) de François Ancelot y Alexis Decomberousse. La historia se desarrolla originalmente en tres localizaciones: la fiesta popular de la Noche de San Juan a orillas del río Manzanares (primer acto), Palacio del Buen Retiro (segundo acto), y manicomio de Madrid (tercer acto). En el estreno, una vez finalizada la acción, se añadió un número coreográfico con música de jota.
El estrato social de los protagonistas es de la alta aristocracia, salvo el de Félix, que es un simple hidalgo. Marina Bollaín, de quien no hemos olvidado su deplorable producción de La verbena de la Paloma (2006), revisó el libreto, trasladó la acción al estadio del Atlético de Madrid, creando una unidad de tiempo y lugar, y modificando el estatus social de Félix, quien se convierte en un parado de clase baja, lo cual convierte en incomprensible la trama y especialmente el desenlace. Algo semejante sucedió con la ya citada Verbena de la Paloma en la cual convierte en repartidor de butano a Julián (originalmente un tipógrafo, profesión socialmente respetada) e invisibiliza el problema de Julián, quien ve a su novia a punto de convertirse en una 'mantenida'.
Un director escénico goza del privilegio de cambiar la ubicación geográfica, temporal y social de la narración dramática, pero esto conlleva la pesada carga de mantener el conflicto y de evitar los anacronismos, anatopismos e incongruencias lógicas. Un partido de fútbol en un estadio a orillas del Manzanares es idóneo para la fiesta popular del acto primero, la sala VIP de ese estadio es tan válida como el Palacio del Buen Retiro para el segundo; pero resulta difícil encajar el tercer acto en el manicomio con los pasillos del estadio del Manzanares tras el partido y a los locos con unos civilizados hooligans que se movilizan contra la violencia de género. Disparate agravado por la introducción de una historia paralela de corrupción política 'en las altas esferas' y unos fantasmagóricos ladrones de ropa.
Lo único positivo del traslado futbolítico fueron las espléndidas imágenes filmadas por Félix Bollaín, lo más atractivo de la producción. Su reconstrucción del ambiente de un estadio de fútbol antes, durante y después de un partido fue ejemplar, de modo que incluso los ignorantes en fútbol nos vimos sumergidos en el ambiente.
Más preocupada por crear una historia que por la representación dramática de la misma, Marina Bollaín descuidó la dirección de actores dejando a los cantantes escénicamente desvalidos al tiempo que propiciaba momentos ridículos y tensiones gratuítas. También hubo fallos clamorosos en la caracterización de los personajes: es obvio que el padre de la duquesa de Medina no puede ser más joven que el Marqués de Caravaca que la pretende, y simplemente se trataba de vestir al Duque más seriamente y prescindir de la juvenil coletita que lucía; y no se acaba de entender cuándo y cómo transforma la Duquesa su chandal en un vestidito.
Entre tanto despropósito Ruth Iniesta sobrevivió y construyó un personaje creíble de La duquesa de Medina, logrando un equilibrio entre la impulsiva personalidad de una joven del siglo XXI y el sentido del decoro de una rancia cortesana. Pero lo realmente inaceptable del traslado espacio-temporal es el mantenimiento del lenguaje y frases más machistas del Marqués y la naturalidad con que las acepta la Duquesa de Medina. No tengo la menor duda de que un 'machirulo' actual puede ser tan repulsivo y manipulador como uno del siglo XIX, pero la violencia explícita contra una mujer en un espacio público ya no es creíble, mientras Bollaín no explota adecuadamente el miedo que puede provocar la amenaza de la difusión en redes de una foto de móvil inapropiada. Desde el punto de vista teatral el tratamiento de la violencia de género debe ser contextualizado, el público no percibe del mismo modo una escena repulsiva en una distopía punk, como hace Bieito, que en la cotidianidad de un estadio de fútbol como presenta Bollaín.
Los mejores momentos teatrales y musicales fueron posiblemente las breves intervenciones del experimentado Coro del Teatro de la Zarzuela, buen conocedor del espacio escénico y de los estilemas del género. La habitualmente motivada Orquesta de la Comunidad de Madrid, titular del Teatro de la Zarzuela, exhibió sus limitaciones lastrada por la rígida dirección de Lara Diloy, quien en ningún momento pareció consciente de que se estaba representando una comedia repleta de guiños y momentos rítmicamente picantes y -sobre todo- que lo que tenía en el atril era una obra muy bien instrumentada. Diloy, enfrascada en el foso, apenas atendió a la concertación vocal ni a la acción escénica, abandonando a su suerte a unos cantantes también desvalidos por la directora escénica.
Nada hubo memorable por la parte vocal y pocas ocasiones tuvimos de disfrutar del refinamiento de Barbieri, pues incluso cantantes tan experimentados como Ruth Iniesta o José Antonio López no se llegaron a soltar. Fue una función digna, sin errores en el escenario, pero muy gris, especialmente en el caso del tercer protagonista, Alejandro del Cerro (Félix) en sus intervenciones vocales (como 'actor' fue mejor). Correctos Manuel de Diego (Antonio) y David Lagares (El duque). Aprovecharon bien sus papeles secundarios Zaira Montes (la Condesa de Bornos), Javier Povedano (el cabecilla de los hooligans) y Alberto Gómez Taboada (jefe de policia) ... aunque la página web del teatro no los mencione dentro del reparto o los identifique mal.
El siempre cariñoso público del Teatro de la Zarzuela aplaudió como siempre, pero a la salida de la sala tampoco hubo corrillos ni comentarios positivos. Jugar con fuego merecía mucho más.
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