Recuerdo muy
bien mi primer contacto con la Sinfonía Turangalila de Messiaen. Debía
yo tener dieciocho o diecinueve años y mis gustos por la música sinfónica no
llegaban más allá de Bruckner y Mahler, autores a los que acababa de conocer.
Apenas me sonaba Shostakovich, y lo poco que había escuchado de compositores como
Sibelius o Prokofiev me parecía difícil de digerir. Un amigo me recomendó la
obra, poniendo en mis manos una grabación interpretada por la Orquesta
Sinfónica de Londres bajo la dirección de André Previn (una muy buena versión,
por cierto).
Lo primero que
vi es que se trataba de un disco doble lo que, a bote pronto, no me hizo mucha
gracia, aunque, casi al instante, me vino a la cabeza la Segunda Sinfonía
de Mahler, otra sinfonía muy larga, que me había entusiasmado. Así que la
primera frase que se me ocurrió decir, más…
Comentarios